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domingo, 8 de octubre de 2017

A las seis vidas de mi Panchita


La Panchita nació el 17 de enero de 2000. Casi con el milenio. Hija de la Agucha, gata que llegó a la casa porque mis primos y yo le compramos como regalo de cumpleaños a mi ñaña Antuca, destacó desde chica por su vivacidad. Es común hablar de la inteligencia clarividente de los gatos. Hay, de hecho, abundante literatura sobre la sagacidad felina. Pero la Pancha es todo eso con una inmensa dosis de ternura torpe, de efusividad abrumadora, de amor repartido sin reservas, sin medir las consecuencias, de conmovedor drama, de histrionismo, casi. La Pancha nunca ha tenido esa personalidad de gata acotada y elegante, esa pretensión de indiferencia, de naturaleza digna, decorosa y sobria. Ese abandono de la humanidad y esa independencia y apego nulo que tienen usualmente los gatos. La Pancha tiene forma de ser de perra, de bola de lana acomodada nerviosamente en las manos en que se siente a salvo. 
Dicen que los gatos tienen siete vidas. La Panchita, para empezar, no fue la más bonita de la camada. Tenía unos hermanos plomos, atigrados. Tres, para ser exacta. Desde que nació, destacaba en la familia, precisamente por ser la más sencilla. Ya decíamos que esa “blanquita” era vivísima. Nació de tres colores, no como sus hermanos espumosos y pulchungos, de estampa atigrada. Ella era una gatita hecha de retazos sucos, plomos atigrados y blancos. Los ojitos, amarillos. La lengua, rosada. Desde chiquita fue ya muy inteligente, destacaba por su lucidez. Era la primera en percibir las cosas, dónde estaba la comida, dónde la teta de la Agucha, dónde el calor. 
La primera vida que perdió la Panchita fue porque se electrocutó. Me acuerdo todavía de esa noche. La cocina de la casa tenía como una cajita de cables que no habían sido cubiertos y ella, moneando, moneando, hizo una conexión trágica. Fui la primera persona que le encontró luego del accidente. Llegué a la cocina oscura, y vi el cuerpito de la Pancha casi rígido, tendido debajo de los cables, en el piso. Me asusté mucho. Le llamé a mi mami y descubrimos que, aunque con dificultad, respiraba. Tenía la boquita quemada. Esta historia podría describirla mucho mejor mi mami porque ella, aconsejada por mi abuelita, los días siguientes le acunó en el pecho hasta que, prácticamente, resucitara. Sus expectativas de vida eran mínimas. La respiración, lenta. Los pronósticos veterinarios, orientados al inmediato sacrificio. Mi mami le dio, con gotero y con paciencia amorosa, una alimentación exclusiva de clara de huevo. Durante muchos días ese fue el único alimento de la Panchita. Sobrevivió con los cálidos y fervorosos cuidados de mi mami, pero se quedó con un daño neuronal irreversible, que se tradujo en una voz grave, casi gutural, imagino que alucinaciones (visiones del futuro, porque mi papi dice siempre, cuando se trata de la Pancha “tiene algo que decirnos, sabe algo que no sabemos”) unos nervios exacerbados, un espíritu huraño y miedoso con personas desconocidas, pero también un vínculo incondicional con quienes siente afecto. 
La Panchita tiene la característica de percibir el dolor, practica la misericordia y la empatía. Cuando hay alguien en la casa enferma, triste, preocupada, la Panchita se apega mucho. Es como si quisiera tomar el dolor para sí misma porque la electrocución le revistió de extraños poderes. Nadie en la casa podría negar que cuando está triste, la Panchita se acerca, sin previo aviso. También le gusta, cuando nos sentamos en la sala, lamer el cabello de las personas, como si su lengua rasposa peinara.
En otra ocasión, la Panchita desapareció, varios días. Mi mami fue a buscarle por todo el barrio, sin éxito. Un día, regresó a la casa, cuando habíamos pensado lo peor. Se fue apenas de paseo.
Alguna vez la Panchita, con lo escandalosa que era, dejó de llorar. Cuando nos fijamos, su carita estaba estática y tenía la boca abierta, permanentemente. Fue entonces cuando mi mami descubrió que brillaba una enorme espina de pescado en la garganta de la pequeña. Fue una operación de mucho cuidado y delicadeza, sacarle la espina. Un hilo de sangre salió detrás. Tardó unos días en recuperarse. Otra vida de la Panchita que el destino segó, fue cuando se cayó desde el segundo piso, por la ventana. Por ser inquieta se lanzó sin que pudiéramos impedirlo. No pasó de un buen susto, afortunadamente.
Yo creo que otra vida que la Panchita perdió, fue cuando dio a luz. Su hermana Amelita y ella quedaron encintas casi al mismo tiempo. La Amelita no tuvo problema alguno en el parto. Hizo todo sola y le encontramos metida en una cajita, con los guaguas ya limpiecitos y con la lanita esponjada, lactando tranquilos. En cambio, la Panchita, tal vez por el trauma cerebral de la electrocución que sufrión, una madrugada, llegó a mi cama. Me tomó de las manos y me miraba fijamente a los ojos, como pidiendo ayuda. Yo trataba de consolarle en el trabajo de parto. El primer bebé tardó mucho en salir. Hasta eso, le desperté a mi mami para que nos ayudara en el alumbramiento. La Panchita no sabía que debía abrir la placenta del bebé y el primero murió, ya era demasiado tarde. Los cuatro restantes salieron muy bien y al poco tiempo, con efecto retardado, la Panchita pudo hacerse cargo de sus bebés sin problema alguno.
Paradójicamente, la vida que parecía más frágil de todas, por los accidentes frecuentes, era la de la Panchita. La Agucha, su mamá, tuvo cuatro gatitos. Uno murió al poco tiempo de nacer y el Rafico y la Amelia tuvieron muertes trágicas, provocadas y tempranas. La Panchita, con tantos accidentes, sucesivos, ha sobrevivido a sus tres hermanos y tal vez sobreviva a su anciana madre.
Ahora que estoy lejos de la casa y de la Panchita, me cuentan que la pequeña estuvo enfermita dos semanas y que le tuvieron que operar. Tiene a la fecha como diecisiete años. Salió, una vez más, airosa de la operación y está convaleciente. No puedo hacer más que entristecerme por la enfermedad de la Panchita y dedicarle unas líneas. Que te recuperes pronto, preciosa. Tu hermana, Pepita.



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