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jueves, 20 de febrero de 2020

¿Por qué la Pepita es abogada?

En cumplimiento del último mandamiento del famoso texto "Decálogo del Abogado" mi papá con tanto cariño me sugería que estudiara derecho, para heredarme su biblioteca e irme enseñando el oficio. Mi mami, abogada también, en cambio, decía que no me recomendaba tanto la profesión, que para las mujeres era muy dura, difícil. Y es cierto, el derecho es un campo masculino todavía y está como rodeado de unas formalidades atadas a la concepción rígida del cumplimiento de la ley, aun con sacrificio de la justicia. El prestigio y el éxito profesional, por ejemplo, se asocian mucho con ser hombre y ser adulto o viejo -aunque cada vez se valoran menos las canas- y con usar terno y corbata. Tantas veces cuando ejercí fui a la corte y me preguntaban "qué quiere niñita" y entraba un enternado -a veces solo estudiante- y a él le decían "en qué le podemos servir doctor".
Yo estudié derecho porque me atraían las humanidades: artes, historia, literatura, filosofía; pero en ese entonces pensaba que no tenían un campo laboral específico. Admiro mucho a la gente que se arriesga a estudiar lo que le apasiona realmente, con la conciencia de que no es fácil abrirse campo, en un país como este, en las áreas sociales y en las artes. Entonces decidí estudiar derecho, también porque me pareció (y me sigue pareciendo) la ¿ciencia? social con mayor aplicación práctica. O sea, de adolescente, con todo el fervor de querer cambiar algo del mundo, me dí cuenta de que el derecho daba herramientas para cambiar situa
ciones concretas y situaciones generales, a través de sentencias y de leyes, y suponía, entonces, una forma de ayuda concreta a la gente y ahí me metí.
Por el momento no estoy tan vinculada con el ejercicio de la profesión, creo que estoy en otra etapa, puedo volver en cualquier momento. Pero siempre he pensado que aunque hay muchas formas de mirar al derecho y de trabajar desde él, lxs abogadxs por excelencia, son aquellxs que se juegan todos los días en el ejercicio profesional, quienes hacen filas, presentan escritos, defienden causas y sudan -literalmente- para ganarse cada centavo, gastando la suela o el taco de sus zapatos, en la gestión de trámites interminables, para llevarse una funda de pan y de leche a la casa y vivir del día, persiguiendo la justicia y la reivindicación de los derechos de sus clientes.
El nuestro es un gremio satanizado, no sin razón. Comparto la indignación colectiva y la sospecha generalizada de lxs abogadxs como profesionales que complican la vida, en lugar de arreglarla, porque pasan cosas. En eso estoy de acuerdo, pero también conozco abogadxs que con honestidad han ido forjando su carrera en la perseverancia, la incorruptibilidad, la vocación de servicio y la persecución, más allá de una sentencia a favor en un caso concreto, de ideales más nobles y altos, ahí donde está la justicia en la que creemos en este mundo terrenal, si es que existe.
Aunque me vaya alejando un poco del campo del derecho y lo vea desde otros lados, tengo siempre el orgullo de ser abogada, de tener una especie de armadura por la cual sé que no me pueden engañar tan fácilmente, de conocer mis derechos, de creer que los derechos humanos no se negocian ni se renuncian: se ejercen, se reivindican, se reconocen, se cumplen, se garantizan.
El día de hoy hago un brindis por todxs mis colegas, en sus diversísimas formas: quienes tienen el consultorio a la calle -que aún utilizan máquina de escribir para hacer sus alegatos-; quienes recogen sus propias boletas de la corte y ejercen múltiples funciones en la soledad de la crisis económica; lxs de chulla juicio y de chulla terno; quienes comparten oficinas y sueños y casos y gastos y peleas; quienes quieren estudiar al derecho desde afuera para criticarlo y ponerlo en crisis; quienes se quedaron en la burocracia o en aburridas carreras judiciales; las mujeres que se dedican a causas sensibles e incobrables como juicios de alimentos y de paternidad; lxs que se dedicaron a los derechos humanos y a la defensa de causas difusas, ambientales y de grupos poblacionales desaventajados; aquellxs que se dedicaron a la política -aunque me gustan(o) menos-; hasta quienes son parte del bufete jurídico de papi o mami.
Admiro sobre todo a quienes forjan su carrera desde abajo, con espera, deudas y sudor (sin poder dormir por la fatalidad de plazos términos, y por la amenaza de los efectos de la preclusión).
A veces no entiendo qué mismo me llevó a estudiar derecho y siempre que aparece un test vocacional por ahí, el resultado es el mismo. Es coincidencia, o destino, pero nací para ser abogada.Y el día en que descubrí que el derecho puede ser un mecanismo de liberación, no solo de opresión, y que desde el feminismo se puede criticar para denunciar las desigualdades e injusticias que consagra y revertirlas, tomó un significado nuevo para mí.
Por eso quiero desear un feliz día del abogado/a. Sobre todo a mi mamá y a mi papá, que representan para mí dos ejemplos de ejercicio digno, sensible y honesto de la profesión, que es el legado mayor que puedo tener en la vida.

Publicado originalmente un 20 de febrero de 2016, en mi muro de Facebook. 

martes, 28 de enero de 2020

Tres momentos indispensables.


17 de noviembre de 2015

Hace tiempo no había visto una imagen tan común en los años noventa. El peluche con aires de refinamiento que imperturbable mira pasar la vida desde el interior de un carro. Los peluches siempre me han parecido especiales, pues en su suavidad y blancura de a veces y en la altivez de sus peinados y de sus lazos que imitan cintas de seda, tienen vidas cortas en términos de plenitud estética. 

No han faltado por este motivo, quienes les envuelven en fundas plásticas, en el afán de eternizar la estampa gloriosa del muñecx de felpa. En efecto, ¿quién en su niñez no fue privadx de un peluche, ya sea temporal o definitivamente, por el miedo a que pierda su esponjosa textura o su inmaculado color?
No sabemos si nos mira o se deja mirar. Esta exhibición no lo sería enteramente si no tuviéramos la sospecha de que él o ella también tiene algo que decir, desde la posición de remanso en su lujoso lecho de alfombra. ¿Qué objetivo puede tener que un peluche esté dentro del carro? No cumple con el papel del móvil debajo del espejo -cuya utilidad tampoco acabo de entender, salvo en la medida en que puede distinguir un carro de otros, o quizás expresar significados sentimentales, como el del CD que pende del hilo, cuando no es un zapatito de bebé o una estampita de la Churona-.

Con el peluche, hay dos posibilidades: la una, que se trate de un recuerdo o de un adorno, para contemplarlo desde fuera. La otra, que se haya provisto imaginariamente, de individualidad y sentimientos y que esté situado estratégicamente para contemplar el mundo desde un encierro de burbuja. 

No sabría decidirme definitivamente por alguna de las hipótesis. A lo mejor hay otra posibilidad, que es una necesidad inconsciente de una compañía de un animalito de verdad, que tanto puede alegrar o caotizar los viajes cotidianos o aquellos que presagian aventura. 

En todo caso, la invidualización estética de pertenencias con objetos de fantasía me parece algo tan sublime como encontrar este peluche de repente, en medio del cemento y de carros que nada de emociones transmiten. 

Que viva este peluche y los otros, incluso aquellos que desde el cautiverio de las fundas que supuestamente les protegen, conservan su facha de salón del juguete para alguna velada que nunca acabará de llegar.



26 de febrero de 2016

El período de gloria de la base o permanente, coincide con la preferencia de ciertas personas por tener un perrito "french poodle".
En los 80 y 90 cuando estos perritxs estuvieron de moda, merecían peinados semejantes a copos de nieve ubicados estratégicamente, adornados con cintas. Acompañaban a las señoras como copilotos de sus viajes y su presencia era festejada socialmente, como sinónimo de elegancia, sofisticación y talvez un signo muy explícito -redundante- de reciente abundancia económica.
Ahora, se ve fácilmente estos perritxs sin peinados y sin cintas, ladrando al mundo desde un encierro de balcón, e incluso, en abandono. Pasaron de moda... La ingratitud humana llega hasta esos límites, de despojar de su trono de ovejas perrunas a estas criaturas de blanco inmaculado, de cuerpo formado por mucho juntar flores de algodón.
Es uno de los resplandores perdidos que más me duele, el de estos perritxs. Propongo un brindis en su honor.



28 de enero de 2020
 
Hoy caminaba hacia la parada del bus y la vida me regaló una estampa hermosa. Desde hace varios años estoy obsesionada con dos imágenes: la de los perritos french poodles que, más allá de los años noventa, continúan siendo tratados con bien por sus amas y no han sido abandonados a su suerte, como, en términos jurídicos, animalitos mostrencos y los peluches exhibidos dentro de los automóviles para quienes he imaginado historias sobre su estancia protegida pero visible a un público de paseantes siempre indefinido e incierto. 

Hoy paramaba y me encontré con esta perrita como un peluche vivo, convenientemente acicalada dentro de un coche, con la misma soledad de un peluche cuyo único objetivo es decorar el auto en el que descansa, con sus lacitos rosados y su peinado típico de los años noventa. Se dejó fotografiar, sentada en el puesto del piloto, con una serenidad y una sensación de ser vista que le lucían en el semblante de ojos acuosos y penetrantes.

Mi obsesión con los french poodles viene de ese anclaje afectivo y emocional a los años noventa y de la imposibilidad de entender cómo estos perritos pasaron de moda y de cómo sigue habiendo personas, que, a pesar de eso, les mantienen como si el tiempo nunca hubiera pasado. Mi obsesión con los peluches dentro de fundas, vitrinas o carros tiene que ver con la sensación de lo precioso para ser visto pero finalmente, inalcanzable. Del miedo a vivir y de la seguridad de la protección de la transparencia. Y de cómo la lluvia a veces puede, como decía Gómez Jattin, lavar el alma.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Acerca de una tormenta de bullying

 Post de Facebook publicado en la cuenta de Pepita Machado, el 4 de diciembre de 2019.



“Esos gringos que están blanqueando las paredes en Cuenca, no conformes con haber neocolonizado y gentrificado parte de la ciudad quieren enrostrarnos lo que seguramente ven como barbarie. Pues por mí que sigan haciéndolo gratis, aunque me caiga mal. Igual lo volveremos a ensuciar”.

Pepita Machado, publicado en Twitter el 3 de diciembre de 2019


Escribí este tuit impopular y he sufrido una ola de insultos, más que aquellos que recibí cuando peleé con la Mofle. Que no tengo cerebro, que mi mamá debió haberme abortado, que cómo pude haber sido el espermatozoide más listo, que fumo crack, que soy una acomplejada, resentida social, que cómo puede escribir alguien esto, si parecía inteligente, que soy una atrasapueblos mal agradecida, feminazi, vándala, dañina, desaseada, fea, entre otras cosas. La verdad he tenido cuestiones vitales mucho más importantes que atender hoy y me reduje en el día a hacer scroll para ver que la avalancha de insultos no terminaba y no termina. 

Desde el otro día me debo a mí misma un post explicando por qué me molesta tanto esta tendencia de los “guardianes del patrimonio” a evadir los profundos problemas sociales y la desigualdad, la violencia de estado y el derecho a la resistencia, con la división entre buenos y malos ciudadanos. Los buenos, aquellos que cuando los vándalos ensucian, limpian. Los que aman a la ciudad, los que quieren verla bonita, los que acogen al extranjero y tienen espíritu cívico. 

Del otro lado están, por supuesto, con la etiqueta de “vándalos” los jóvenes marginalizados que utilizan el grafiti para expresarse. El grafiti es, por definición, ilegal. Los intentos de encauzarlo, borrarlo, desaparecerlo, solo lo empeoran. Quienes creen que con una minga de blanqueamiento contribuyen a la ciudad, aunque tengan las mejores intenciones, deben comprender que el amor a la ciudad va mucho más allá de querer verla “bonita”. Y la ciudad es parte de un país y está afectada por unas políticas de estado. No es una burbuja que se pueda aislar del latido de la conmoción generalizada.

En el Paro de octubre, por ejemplo, el alcalde en lugar de dirigir políticamente la crisis usó él mismo una escoba para limpiar y ponerse del lado de los buenos. Las feministas que grafitean contra el patriarcado son abyectas. No lo es la violencia. Yo misma sería incapaz de “vandalizar” la ciudad. No me da la valentía para eso. Pero tampoco soy tan corta de miras como para hacer un análisis “estético” que obvie el aspecto ético detrás de los ataques a la ciudad y de la facilidad que tienen sus habitantes más privilegiados para ocultar el vandalismo organizado, de estado, tapar el sol con un dedo, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, en sus cristianos términos. 

Yo sé que nada tengo que aclarar. Quienes me conocen saben que a ratos tengo menos filtro para escribir pero si doy una opinión lo hago con argumentos. Acá es un espacio más amable y quienes están entre mis contactos son mis amigos o me conocen. Pero sí debo decir que amo la ciudad como nadie, amo el patrimonio. No es mi especialidad el mundo de la cultura pero entiendo que el patrimonio es vivo e inescindible de las vidas que le dan sentido. Que además hay un fenómeno no sé si global pero sí latinoamericano, en que el descontento con la política, la economía y la desigualdad social se han podido expresar en las calles y que los actos leídos como vandálicos del movimiento feminista y de las resistencias populares e indígenas –que habrá algunos orquestados por la misma policía para boicotear la lucha, también puede ser- crean más rechazo que la desigualdad, la injusticia y la violencia.

En México las mujeres mancharon los monumentos emblemáticos porque saben que con un adecuado procedimiento vuelven a la normalidad, pero que las muertas no regresan. Pidieron que no se restauren hasta erradicar la violencia. Las autoridades prefirieron “limpiar” sin técnica restaurativa en perjuicio de los propios monumentos para acallar las voces indignadas. En Chile los pacos se creen con permiso para matar para mantener el orden. Cientos de globos oculares perdidos y un poco de gente blanqueando las paredes para salvar a la ciudad. Las prioridades de la derecha conservadora están claras. Hay que esconder la basura bajo la alfombra porque el turismo, porque el ornato, porque los buenos somos más.

No tengo nada personal contra los extranjeros norteamericanos que han sido, creo yo, bien acogidos en nuestra ciudad. De hecho siempre he creído que la especulación con los precios de salud y vivienda que se han disparado tiene más que ver con la falta de escrúpulos de los cuencanos y cuencanas y su aprovechamiento de la percibida economía fuerte de estas personas en desmedro de la realidad del costo de vida local. Pero no es menos cierto que quienes dicen “fuera venezolanos” son los mismos que me piden agradecer al gringo que pinta la pared.

Es ese coloniaje del pensamiento que no superamos, pero es un problema más nuestro que el de ellos. En cuanto a ellos, en ese gesto de pintar quizás hay todo de bondad y altruismo, quizás una comprensión nula o reducida del contexto político y mucho tiempo libre. Pero también es cierto que puede existir una necesidad de blanquear, enrostrar la barbarie y mostrarnos la civilidad de la que carecemos como pueblo, a su juicio. Lo chistoso es que si se van a cualquier ciudad del mundo, sobre todo si es grande –Berlín, Nueva York, París- van a encontrar arte mural y bastante grafiti "vandálico". Solo que allá, como dice un amigo, se tomarán la selfie con el street art y acá agarrarán sus cubetas para pintar las paredes y ocultar los mensajes de hartazgo de los jóvenes. Vándalos. 

Por otra parte, hoy bajé la Benigno Malo. Llegando al Centenario vi las maravillosas “intervenciones” de los extranjeros. Me parece una falta de respeto total. No cuida la cromática ni la técnica de un trabajo de esa naturaleza. Es literalmente, esconder la basura ¿de quiénes? Me recuerda a una anécdota de mi papá que trabajaba en una casona vieja del centro, contaba que un amigo de su trabajo se reía cada vez que la pintaban las paredes porque veía a las cucarachas y moscos con las pestañas doradas. Más o menos así son estas manos de gato, llenas de buenas intenciones pero bastante pobres. Si ustedes tienen una propiedad en el centro histórico, vayan a ver si el mismo Municipio les da fácilmente permiso si la quieren pintar. Hay unas exigencias bien estrictas y unas paletas de colores para respetar el tramo y los valores ambiental o patrimonial de cada inmueble. Yo misma he participado en infinidad de mingas de siembra de plantas, limpieza de orillas de ríos y cuando fui scout, de adecentamiento de la ciudad. Lo hacíamos, por supuesto, con un sentido solidario. En ese momento en que yo desconocía la política y creía más en las acciones horizontales. 

Si me preguntan yo celebro las iniciativas ciudadanas siempre que sean respetuosas y entiendan el contexto. Yo les pediría a los extranjeros que vayan al Arenal alto, a la Jaime Roldós o algún sector deprimido de la ciudad que de veras necesite una mano amiga, ahí donde la política no llega.
En fin. Hoy bajaba la Benigno Malo y cuando llegué a las gradas del Centenario tuve mi momento Joker. Me sentí como en la película. Me deprimió pensar en el momento escandaloso que vivimos en el mundo. En este estadío infame del capitalismo que ha logrado hartarnos, comprometer la inversión social de los estados y reemplazar la política por las acciones individuales que privatizan el bienestar en desmedro de grandes mayorías despojadas de todo. Eres pobre porque quieres. Vas a ser un emprendedor. Limpiemos la ciudad de vándalos. Los buenos somos más. Si te quedas desempleado, es tu culpa por reclamar. No tenemos para pagar tu salud mental. Si vandalizas vas preso. Atrasapueblos. 

Pero del otro lado, siempre se tejen resistencias. Afortunadamente sí.

martes, 24 de diciembre de 2019

Navidad

Me acuerdo de una visita con mi mami a la calle Condamine, en El Vado, cuando buscábamos musgos, salvaje, orejitas de burro y otros montes para hacer el nacimiento. Iniciaban los noventa. Todo cambió hace unos veinte años cuando llegaron las gatitas, porque se orinaban en el nacimiento y luego, porque comenzaron las campañas ambientalistas, que recomendaban no comprar montes para salvar los páramos. Hacíamos el nacimiento con mucha ilusión y fuimos reemplazando, progresivamente, la recreación de un Belén orgánico por cartulinas, escarchas y materiales inertes que le dieran forma al establo, al pueblo y a la llegada de nuestro señor.

Recuerdo un año en el que el Tato armaba conmigo el nacimiento, dispersando bolitas de espuma flex para simular la nieve de la navidad gringa y colgando unas guirnaldas en la pared. Ya era Nochebuena y no habíamos arreglado el ambiente navideño. Para completar la decoración no teníamos todos los elementos: “hay que darse modos” decía. 

La Navidad es el olor de la comida de mi papi y la música de los Pibes Trujillo. La Nochebuena es la culminación de una Novena y dormir en el mueble junto a los regalos y al árbol encendido de luces que se reflejaban en las ventanas. 

 Cuenca es especialmente hermosa en Navidad. El Pase del Niño Viajero es un evento importantísimo al que nunca fuimos, acaso porque la abuelita Chocha tuvo toda la vida el negocio de los disfraces y mi mami quedó curada de participar en dicha procesión por el recuerdo de penosos trabajos ligados con ella. Pero la Navidad también significaba buscar en todos lados de la casa dónde habían escondido nuestros regalos o también adivinar, a través del papel de regalo, qué juguetes nos traería el Niñito Dios. 

Recuerdo un año en el que nos regaló mi mami las famosas mascotas electrónicas a las que había que mantener con vida y que serían el anuncio de la época de los celulares, aparatos con los que nos sentimos unidxs cuando estamos lejos pero que, estando cerca, a veces sirven de barrera para sumergirse cada unx en su mundo. Y recuerdo cuando me regalaron esa bici con la que andaba en círculos por el patio y a lo sumo por el parque y de los patines de una fila de la Antuca, un par de barbies, el peluche Plumín, la coqueta de la Oliverita, por cuya salud pido a Diositx hoy también.

Desde siempre el Tato y la Rubena nos hablaron del Niño Dios como aquel que trae regalos. Nunca creímos en Papá Noel. Hace poco mis amigos españoles me dijeron que el Niño Dios nunca podría dar regalos, sino eran los Reyes Magos quienes los daban al Niño Dios. Esa colonización de mi Navidad quedó zanjada el momento en el que descubrimos que Papá Noel les quitó a los Reyes y al Niño Dios el monopolio de los regalos de Navidad. Y que daba igual, los padres y las madres compran los juguetes a los niños y eso hay que reconocerlo. Ojalá la vida nos dé la oportunidad de, amorosamente, poder cuidar a nuestros padres cuando se van haciendo viejitos con el mismo amor incondicional que nos ha permitido mantenernos con vida a pesar de los avatares que la existencia plantea en el Ecuador, país neoliberal.

Este día es especial porque regreso brevemente a mi familia nuclear, con la que tuve que hacer un ejercicio de corte del cordón umbilical para asumir mi propia familia. Me gusta estar aquí. Aquí la vida transcurre sencilla, en calma, rodeada de sonidos de pajaritos y de la vitalidad de mi mami, quien tiene su rutina completamente organizada, atendiendo unos horarios, los de las comidas, limpieza, paseo y recogimiento de las gallinitas que con ella viven. Mi mami es el ser más amoroso y especial de la casa, aquel que le da sentido y centro. La casa son los cuidados amorosos que mi mami prodiga al Tato, a sus hijas, sus nietitos y a los animales. Luego de trabajar desde los cinco años, más o menos, es el primer año en que mi mami vive una Navidad dedicada a las labores domésticas y de cuidado. Mi mami y yo somos felices tomando café, paseando por el barrio, haciendo compras de cositas absurdas con dinero que no tenemos, sumergiéndonos en almacenes chinos, mirando vitrinas, haciéndonos de amiguitas en los buses y contándonos nuestras vidas, con lágrimas y risas, como dos viejas comadres. 

Hoy, mientras limpiábamos la sala para que ustedes vengan, ella recogía con un pañito a un pobre insecto que estaba prendido del mueble, para reubicarle en el jardín, sin hacerle daño. Esa es mi mami. Mi mami se sacaría, como San Francisco de Asís, las sandalias, para no perjudicar a ningún ser sintiente con pesos innecesarios. Los gatos nuevos, Timotea y Corazón, aún son para mí un poco extraños, pero creo que ya se dieron cuenta de que estoy viviendo aquí, porque no se esconden cuando me ven. 

Cada año mi papi nos pide que escribamos sobre la familia. El año anterior, luego de una reflexión política sobre el sentido conservador del término familia, ligado con los activismos provida, llevé la escritura hacia el lugar de veneración que tengo por este hogar. Nos hemos mantenido aquí, unidas por el cariño inmenso a nuestros padres Marco y María, quienes siempre nos dieron material para hacer de nuestras vidas lo que quisiéramos. El Tato, como ahora le dicen sus nietos, siempre dijo que buscaba que seamos autónomas económica y emocionalmente y que él solo esperaba que nuestra pareja fuese trabajadora e inteligente y que él no dormiría con él, así que nunca se metió en nuestras decisiones, solo las acompañó emocional y materialmente. 

Mi papi no es de muchas palabras. En Navidad se luce: cocina amorosamente, canta villancicos y también fuma y bebe mientras canta José Luis Perales Navidad es Navidad. Mi papi y mi mami son la Navidad de la casa que llenaron con la fantasía necesaria para ilusionarnos de niñas; que pasó por varios años como una reunión de personas adultas y que volvió en espiral hacia la ilusión nueva cuando llegaron las guaguas. La Manu y el Joaqui. Mis hermanas, Gaby y Tuca, instituciones, prodigan amor a sus bebés con cuidados exquisitos y yo siento muchísimo orgullo por la bondad y la corrección con la que forman buenos ciudadanxs, seres de luz que alegran la casa, caotizan el entorno y nos llenan de enseñanzas y amor. 

Cuquito y Estebitan, mis cuñados, se han adaptado con cariño a este hogar que siempre fue un espacio de referencia de familia acogiente, amorosa y reflexiva, en la que todos mis amigxs quisieron vivir por estar llena de comida rica, conversaciones profundas, un jardín caótico, animalitos entrañables, que murieron de ancianos, revistas, libros y cuadros del abuelito y dibujos del Marco y la Pepita. 

Esta familia es lo más hermoso e importante que tenemos. A pesar de ausencias que son muy dolorosas (la Panchita, el Diego, la Gabrielita) estamos juntxs aquí para celebrar una vez más no ya el nacimiento del Niño Diosx en nuestros corazones, ni el intercambio de regalos que fue perdiendo importancia con los años. La Nochebuena es un espacio para recordar que el amor más profundo e incondicional es el de las personas a quienes llamamos familia, luego de haber problematizado el término, y, que pueden o no ser de nuestra sangre. En nuestro caso, nos unen varios lazos y tenemos el privilegio de ser amadxs y cuidados en este entorno primoroso y sublime.

martes, 17 de diciembre de 2019

Las mujeres monstruosas de mi infancia



En los años noventa, mi niñez, recuerdo la inquietante y aterrorizadora presencia de oscuros personajes en la portada de Vistazo: Juan Fernando Hermosa, el niño del terror, asesino en serie y Camargo, violador, pederasta y asesino en serie. Los monstruos masculinos –excepciones de una nutrida presencia de varones en la revista: políticos, artistas, deportistas e intelectuales- tenían su contrapunto en mujeres que aparecían en portada por ser hermosas: actrices, vedettes, modelos, novias y rara vez alguna periodista o política. Entre los monstruos masculinos y las bellezas femeninas estaba la vida poco retratada de los hombres y mujeres ecuatorianas comunes y corrientes. 

Ese imaginario de los noventa también me trajo íconos que recuerdo con nitidez y sentimientos encontrados: las mujeres monstruos. Las mujeres malas. Las que fueron noticia precisamente por salirse de los moldes. Al contrario de la mayoría de mujeres que aparecieron como chicas Vistazo en las portadas –Silvana Ibarra, Carla Salas, Cristina Morrison-  las mujeres malas no eran bellas. ¿Cómo una mujer fea podría salir en Vistazo? Fueron sus defectos, escándalos o delitos los que las llevaron a ser noticia: la una madre, la otra hermana y la tercera, esposa.


Mama Lucha

Luz María Endara pasó a la historia con la imagen de mujer malísima, que llegó a tener mucho poder en las mafias de los mercados quiteños y en su fase amable fue vista como una mujer aguerrida y pionera, con fuertes vínculos políticos. No es secreto en Ecuador que hay mujeres muy poderosas y airadas que ponen y sacan alcaldes, prefectos y presidentes. Son el poder de la movilización de las masas que comercian en y concurren a los mercados populares. Mama Lucha, sin embargo, también es evocada como una mujer maternal, que ayudaba a la gente más desfavorecida de su entorno; y una madre amante que, abnegada, lo hizo todo por sus hijos. Wikipedia dice respecto de “Doña Luchita”, mote cariñoso, lo siguiente:

En su juventud, por los años cincuenta, en la cantina de su madre, en Imbabura, comprendió que podía influir sutil o brutalmente en las personas, cuando usaba sus contactos con los policías que acudían a la cantina, para por medio de ellos intervenir en la liberación de la cárcel a los borrachos conflictivos que acudían a la cantina. Comenzó a incluir dentro de los juzgados bajo la tutela de abogados. Aprendiendo de leyes consiguió resultados a su favor, ya sea mediante el terror como por medio de regalos. Allí cobraba a los vendedores por ocupar sus puestos en los Mercados de Quito, con el argumento de protegerlos de la delincuencia, revendía puestos por los que el Municipio cobraba trescientos sucres a diez mil sucres, era contratada para cobrar deudas, y todo esto lo realizaba con familiares, conocidos como la banda de Los chicos malos.


Elsita

Elsa Bucaram, entonces alcaldesa, aparece en un vídeo de la navidad del año 1989 lanzando juguetes por el balcón de la Alcaldía de Guayaquil que dice lo siguiente: 

La alegría que reunió a las familias pobres de la ciudad de Guayaquil alrededor del Municipio no solo se empañó con las muertes que ocasionó este estilo de hacer política, sino que las propias fundas llenas de “juguetes” solo contenían como punto clave una leyenda con letras grandes que decía “Abdalá”. Esta frase iba pintada en uno de los juguetes que llenaba la funda, la pelota en color amarillo con letras rojas, los colores del PRE, sin lugar a dudas el cometido de entregar juguetes a cien mil niños se hizo realidad, cuatro cuadras al contorno del municipio se llenaron, una multitud asfixiante que causó las muertes y los destrozos ya mencionados: “Uno viene aquí porque necesita un juguete para sus hijos, si no uno no viniera a encontrar la muerte aquí. Quién le va a dar el voto así a ella. Nadie.”
Historia viva, disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=8ludwFQOEwU

Este es uno de los episodios más nefastos de la vida nacional. Es abrir la vena que abre la ventana del antiguo dolor de la masa en condiciones de miseria que a cambio de una pelota o una muñeca de plástico arriesga la vida para llevar un regalo de navidad para sus guaguas. Ese episodio dejó un saldo imperdonable. Varios muertos y heridos. Elsa Bucaram, como tantas otras mujeres en la historia, obedecía a los dictados de la dinastía patriarcal de su familia. Y no terminó su período como alcaldesa. 

Hay una imagen de Elsita, como cariñosamente le llamó Abdalá, de pie con la montaña de kits navideños detrás. Fundas plásticas llenas de carros, muñecas y pelotas de baja calidad. Juguetes que de seguro no llegarían siquiera al año nuevo. La feminización de la maldad en Elsa tiene esas estampas inquietantes. Era mujer y como tal, pensada para servir a la niñez desde el sillón del Olmedo. Un sillón rodeado de juguetes de plástico que ella, en un gesto que pensaría sensible y acaso maternal, arrojaría por la ventana con mortales resultados.

Elsa Bucaram y Mama Lucha fueron noticia y no eran guapas. Fueron noticia a pesar de no ser modelos, princesas, presentadoras de TV o reinas. Fueron noticia en los años 80-90, en que las mujeres no éramos noticia por ser malas o por ser corruptas, mafiosas y criminales. Algo que han sido los hombres toda la vida y que en ellos queda como viveza criolla y que, en ciertos contextos, se aprecia, se festeja, se envidia. En ellas es monstruosidad y se castiga con el olvido, la crónica roja o la vindicta pública. 

“La castradora de Virginia”

Lorena Bobbit también fue noticia en esa época de mi infancia. Era 1993. Parece que fue la primera vez que el nombre del Ecuador se escuchaba en el plano internacional y no en el de las glorias deportivas o artísticas de Rolando Vera o Guayasamín. Nuestro pequeño país resonó mundialmente por ser la cuna de un monstruo femenino: Lorena Bobbit, quien a su favor contaría que habría sido víctima de una vida de maltratos y un día cercenó el pene de su marido, un norteamericano, en legítima defensa, pues la violó una noche en que llegó borracho. Se convirtió en un ícono de perversidad femenina, de poder oscuro que encarnaba el terror universal a la vagina dentata, con el agravante de su nacionalidad subalterna, de migrante hispana en Estados Unidos. Años después sería reivindicada por el bucaramato, como mujer víctima y defensora de los derechos de las mujeres. Su marido, luego de una cirugía que duró nueve horas, se convirtió en actor porno. Nunca dejó de enviarle tarjetas de San Valentín y soportaría cargos muchas veces más por violencia de género y robos. 

En sendos juicios contra Lorena Bobbit y John Wayne, los cónyuges fueron absueltos. Él por abusos matrimoniales y ella por la castración. Los testimonios confirmaron las crueldades del gringo contra Lorena, quien fue absuelta por un tribunal norteamericano que alegó “enajenación mental transitoria” como eximente.

Lorena comparte su trabajo de agente inmobiliario con el de peluquera en un salón de belleza. Sin embargo, lo que la llena realmente es su trabajo como voluntaria en un refugio para mujeres maltratadas al norte de Virginia. «No soy psicóloga, y no les realizo sesiones de terapia. Simplemente, además de cortarles el cabello, les doy consejos y apoyo moral. Yo pasé por lo mismo que ellas y las puedo entender perfectamente». Como ellas, sufrió un trato brutal de quien menos lo esperaba: su príncipe azul. «Al principio, era como un sueño», recuerda, pero el cortejo de John Bobbit sólo duró 10 meses. «Cuando me empezó a maltratar, pensaba que no era la misma persona. Una vez estuvimos casados, sacó a relucir su cara oculta».
“La nueva vida de Lorena Bobbit, peluquera contra el maltrato” Ricard González, El Mundo

En los años noventa, de manera incipiente, las mujeres más que irrumpir, aparecieron paulatinamente en espacios públicos. Ya como políticas (Nina Pacari, Gloria Gallardo, Susana González, Alexandra Vela, Cecilia Calderón, Rosalía Arteaga) como artistas (Patricia González, Silvana Ibarra, Hilda Murillo, una pequeña Pamela Cortés) como presentadoras de programas populares (Sonnia Villar, Luzmila Nicolalde) como presentadoras de noticias (María Isabel Crespo, Teresa Arboleda, Tania Tinoco, Maricarmen Rodríguez) como empresarias (Isabel Noboa, Joyce de Ginatta) en la industria del chisme rosa y el espectáculo (Carla Salas, Marián Sabaté, Mariela Viteri). 

Las mujeres ecuatorianas, mientras tanto, sobrevivían en medio de la pobreza, la desigualdad y la violencia. Grupos feministas de clase media, urbanos, inspirados en las consignas de Beijing luchaban por poner en valor a las mujeres, denunciar las violencias y la desigualdad económica y sexual, a través de la incidencia internacional para marcar las agendas legislativas y de política pública de los estados, para el adelanto de las mujeres. En el ámbito político electoral fueron tiempos de escasa participación de “damas de hierro” quienes, aliadas a los grupos feministas, consiguieron la aprobación de las leyes de maternidad gratuita, de erradicación de la violencia y de cuotas. En 1996, además, cuando Rosalía Arteaga fue presidenta por horas e ilegalmente destituida, llegó la esmeraldeña Mónica Chalá a ser coronada como Miss Ecuador. Dos hechos sin precedentes que marcarían el ascenso, sin pausa, pero sin prisa, con traspiés, pero sin retorno, de las mujeres a la arena pública. 

En adelante, se diversificarían los personajes femeninos del teatro patrio, con avances y límites. Esta es una semblanza superficial y mínima sobre figuras de significaciones infinitas. Queda pendiente reinterpretar las maldades de Luz María, Elsita y Lorena a la luz de los postulados feministas y del derecho a ser malas, en palabras de Amelia Valcárcel, que significa que las mujeres no debemos ser juzgadas más duramente por esa maldad de lo que serían juzgados los hombres por sus maldades. 

Ojalá que las niñas que fuimos hubieran tenido referentes más amplios en los que proyectarse. No solo reinas o mujeres monstruosas. En el caso de las últimas, algo de conmovedor tienen ellas que mi corazón sabe, pero mi mente aún no.

jueves, 7 de noviembre de 2019

Walter Mercado y el duelo



Anteayer consulté vía Twitter de qué debía escribir mi próximo texto. 
Cabe decir que, con frecuencia, ofrezco textos que jamás escribo. 
En la encuesta puse tres opciones:
 1. Walter Mercado y orfandad 
2. Razonamiento libertario 
3. Walter Mercado y el duelo.
 Con un 44% ganó la opción Walter Mercado y el duelo. 

Pepita Machado

El legado camp kitsch queer de Walter Mercado y sus implicaciones sociopolíticas ha sido objeto de eruditos análisis. No merece menos su imagen rutilante, como un reguero de estrellas prisioneras en un traje, cautivo en lentejuelas y espectacularidad cósmica. A mí me cumple escribir lo que, con una que otra lágrima en medio, se me ocurre cuando le pienso, ahora que ha muerto. 

Walter está dentro de mi corazón, en un compartimento de amores castos-cupables y en un personal altar de santos laicos, como afectos que me llevan a la niñez y sus tardes de ver televisión, chupar bolos, andar en bici en el patio porque me daba miedo la calle y escuchar sin prejuicios y sin objeciones al ídolo popular que fue, quizás, mi primer contacto con la noción de lo místico. 

Walter, sin saberlo, hizo más en mi camino hacia la inacabada autonomía emocional que las revistas femeninas, las telenovelas y los libros que fueron mis consumos culturales de la época. Siempre tuve una doble naturaleza. En una mano Víctor Hugo, la Revista Vistazo y en otra, revistas del corazón donde ávida, buscaba el horóscopo y sus predicciones, tanto las mías como las del signo de mi simpatía de turno, a ver si las constelaciones nos juntaban. Así me formé, en la seriedad académica y en el sentimiento popular con el corazón arrobado por la ilusión de venturosos porvenires que como rayos salían de la pantalla, desde las manos ricamente enjoyadas de Walter. 

Él regaba vibras cósmicas de amor y paz, como bendiciones de madre o abuela, para iniciar el día o continuar la vida a pesar del horror del mundo, el cambio climático, la pobreza, las desigualdades, la corrupción y el país que se caía a pedazos. Corrían los noventa. De Walter recuerdo dos cosas que me marcarían definitivamente. Dijo en una inolvidable entrevista con Cristina Saralegui, en el célebre Show de Cristina, que tuvo de niño un problema de tartamudez pero que hizo de esa limitación un desafío y, finalmente, su fortaleza. Trabajó en su dicción y se convirtió pronto en un fluido orador que competía en lides intercolegiales. Luego debutó en actuación. El resto es historia. Y también dijo que las mujeres debían sentirse reinas en sus camas.

Walter fue quizás la primera figura no binaria que ingresó a nuestros hogares, con la misma asiduidad de un Don Alfonso o una Tania Tinoco, en horarios estelares. Quizás el aura mística y la extravagancia de lo esotérico le permitían, en un espacio no tan regulado por la rigidez del género, hacer gala de su peculiaridad, con menos castigo social. Walter, lejos de un performer drag, siempre fue esa figura cómplice de las tías y abuelas de los hogares populares. Tal vez quienes nos criamos con su dulce imagen nunca nos hicimos de niñxs la pregunta prejuiciosa de si era hombre o mujer. Era Walter, el psíquico, y, al tratarse de un divo, le permitimos todo. Fue una suerte de Guga Ayala universal, arropado por una plataforma marketinera del Caribe latino que habita en Miami y sus colosales centros comerciales. 

Ello le revistió de cierta inimputabilidad para ser él mismx, un desafío a la heteronormatividad estética. Ese es el valor del arte y sus espacios de impunidad, que me llevan a pensar en amigxs travestis que en los noventa salían el 6 de enero, Día de los inocentes, “disfrazados” de mujer fatal a las calles pues no podían meterles presos, cuando la homosexualidad y el travestismo se confundían y se castigaban como delitos.

Los horóscopos de Walter nunca fueron trágicos. Lejos de Mercado rodearse del aire misterioso y angustiante –que roza la brujería- de los hechiceros que predicen calamidades o formulan maldiciones. Walter no era una adusta lectora de tarot, ni una temible mujer vieja y sabia, que con tabaco en mano y a través de la quiromancia puede revelar desgracias a partir de las líneas de la mano de paseantes distraídos, ingenuos y curiosos del futuro. Walter era más light, más blanqueado, advertía a veces ciertas contingencias, sin perder la esperanza de días mejores. Nada había para él que no pudiera curar una vela encendida, un baño purificador, una esencia, una piedra preciosa, un conjuro, un mantra o una pausada respiración, casi meditativa.

Cuando Walter Mercado murió, las personas que comprenden mi corazón se hicieron presentes con sus condolencias. Walter se convirtió en una brújula, un fetiche-amuleto y un leitmotiv de mis expresiones artísticas, culturales, políticas y de la cotidianidad. Con el rostro sin imperfecciones, quizás resultado de mimosos cuidados y cirugías, aparecía inmarcesible en estos años en los que yo he transitado de la niñez a la adolescencia, a la juventud y a la vida adulta. Mientras las arrugas del rostro delicado, ambiguo y ciertamente bello de Walter desaparecían gracias a los trucos de la cosmética, las primeras en el mío aparecían. Mientras esa cabellera de copo de oro, suave y galáctico, viajaba por el espacio sideral en una propaganda de Doritos –kitsch infame que me hizo ver que Walter estaba por encima de las tradicionales nociones de orgullo y que tenía la capacidad de reírse de sí mismx- mi pelo fue experimentando los cambios de estilo de la clausura de ciclos, aun sin canas, pero afectado por las emociones y los designios de los planetas y sus coyunturales alineaciones. 

Cuando muere un ídolo, muere un poco de nuestra historia, que es personal y también compartida. La muerte de Walter es un espejo de mi propia caducidad, de mi finitud, de la clausura de la era de ¿acuario? La orfandad que siento cuando mueren los pocos referentes entrañables que tengo –Corín Tellado, Laura León, los peinados de Elsa Bucaram y la sonrisa de Mama Lucha- no es una que pueda llorarse sin extravagancia.

Creo que las personas que admiro no tienen en común más que ese culto escandaloso de la individualidad fuera de las convenciones, o aun en exceso dentro de ellas. Celebro, por tanto, la belleza que estos seres encuentran en sí mismos y el amor que se prodigan, aunque desde la frivolidad y el espectáculo, como productos decadentes de la posmodernidad o de un capitalismo salvaje que requiere pan, circo y alienación de las masas a cambio de pasividad social e individualización de la responsabilidad por el propio destino. Quizás esto tiene que ver con mi corazón de escarcha. Walter, opio del pueblo.

La mirada de Walter me da paz y sus fabulosos outfits  he soñado con vestirlos. Es una suerte de Divino Niño que fue envejeciendo dentro del traje, gobernado por una estética que con el pretexto de lo estelar roza peligrosamente con el preciosismo del barroco católico y con la picardía del espectáculo drag. Si no fuese por estos ídolos populares, que maquillan, hasta cierto punto, nuestra miseria moral y material, si no fuese porque sus vidas aparentemente exitosas nos regalan belleza, si no fuese porque ellos decoran con glamour el gris deslucido de nuestras penurias, el mundo no sería un lugar tan agradable para sufrir. 

Imagino a Walter en los años setenta. Aparece en esas revistas Buenhogar y Vanidades que nos regaló la tía Alicia y que atesoramos en la casa como objetos de culto emocional. Walter entonces era menos chispeante. La máxima expresión de su iridiscencia vendría después: es discretamente femenino. Pensar que fue, años antes, en su juventud, un galán de telenovelas puertorriqueñas, refuerza mis hipótesis sobre la delgada línea entre la masculinidad hegemónica y el transformismo.

Para Wikipedia, Shanti Ananda significa en sánscrito “paz y felicidad”. De madre catalana y padre puertorriqueño, estudió pedagogía, psicología y farmacia. De ahí aprendió sobre la mente humana y las propiedades de las plantas medicinales. Se especializó en ballet, fue galán de telenovelas y fundó la escuela de artes dramáticas, Walter Actors Studio 64.

En 1970 inició su segmento de astrología, tarot y ocultismo. Fue escritor sindicado del Miami Herald. Escribió 7 libros traducidos a varios idiomas. Univisión fue su plataforma al mundo.

Mantuvo una relación “espiritual” con la bailarina y actriz brasileña Mariette Detotto desde 2003. Muy poco se supo de su vida privada. Dicen los chismes rosas que Detotto detuvo el celibato del astro. Don Francisco quiso casarlos en un programa de Sábado Gigante pero Walter prefirió guardar prudencia. Su primera pareja murió en 1968 y le dejó un vacío que duró toda la vida. No era un secreto que Walter usaba maquillaje, brillo labial, base, polvo y un anillo en cada dedo.

Miro en silencio la fotografía en blanco y negro de un afectado muchacho, de dulces facciones y mirada profunda, perdido en el horizonte de animal print de leopardo; y, otra foto, en blanco y negro, con la expresión adusta y la barba sin afeitar de un Ché Guevara caribeño, ataviado con chaqueta de cuero, cuando galán de telenovelas. Acto seguido, la escena del apasionado beso entre una hermosa chica y un varonil Walter Mercado. Estas imágenes y la línea del tiempo de su apariencia, que pasa por una leonina cabellera dorada con una capa de terciopelo rojo acomodada en un diván brocado, estilo Luis XIV, hasta el escándalo absoluto de un enorme vestido de seda blanca, como de novia; me recuerdan la ficción del género y la plasticidad de las identidades. El género mismo como actuación o teatralidad. 

Termino agotada, de escribir esto. Recuerdo que Walter me inspiró a trabajar mis inseguridades. Aun siendo Leo, la reina del horóscopo, el día lunes, el sol, el diamante, el oro y todas las cualidades que brillan en niveles superlativos, una vergüenza ancestral ha acompañado mi performance existencial. Cuando Walter, regio, imperturbable, contó en aquella entrevista –inolvidable- a Cristina Saralegui sobre la tartamudez de su infancia y cómo la superó con esfuerzo hasta ser campeón de dicción y oratoria en su natal Puerto Rico, supe que hay destinos marcados pero cierto margen de acierto-error, que podemos moldear nosotrxs mismos; como el peinado, el maquillaje o aquello modificable con voluntad o dinero. Cabe decir que cada diciembre el horóscopo de Walter marcaba la hoja de ruta del año siguiente. Sus predicciones semanales, sin excepciones –por su vaguedad acaso, o también porque nunca quise que me decepcionara- se cumplieron. Ahora no tendré esa guía y me pesa.

El duelo no sé cómo llevarlo. Quizás puedo consolarme mirando fotos de los trajes de Walter, de sus peinados a lo largo de las décadas, de sus anillos y del decorado dulzón, clásico y romántico de sus casas de Miami y Puerto Rico. Él vive en mí en el mismo lugar en el que viven las memorias de los noventa, las tardes de telenovelas venezolanas y mexicanas, las peleas con mis hermanas, la angustia cuando imaginaba que algo pasó con mis papás porque me había dormido en su cama y me despertaba la música de Telemundo y Tania Tinoco dando malas noticias y ellos no habían regresado y ya era la medianoche y la sencillez de ser feliz con lo cotidiano. 

O de iluminarme las pupilas con el satín de una capa. Paz y amor, amado Walter. Descansa para siempre, en lo sublime.

domingo, 13 de octubre de 2019

Censuraron mi columna en El Tiempo por el Día de la Niña. Pues la publico yo.

 
Mama con wawas, muñeca y máscaras. 12 de octubre de 2019. Día de la Resistencia Indígena.


Día de la Niña y Día de la resistencia indígena. Nada que celebrar.
A las 00h00 del domingo, cada quince días, se me hizo costumbre googlear los títulos de mis columnas de opinión en Diario El Tiempo para publicarlas. Hoy caigo en la cuenta de que mi columna sobre el Día de la Niña y el Día de la Resistencia Indígena -coincidencialmente estos aciagos viernes y sábado- no ha sido publicada. Leí publicaciones de Jacky Beltrán y Pedro Gutiérrez sobre lo mismo, así que presumo que mi texto ha sido censurado porque en él clamo por el cese de la violencia contra mujeres y niñas indígenas en este estado de excepción. 

Para mañana se ha convocado a diálogo. Espero, invocando también a Diosx porque soy creyente, que las cosas lleguen a buen puerto. Que quede constancia que el Ecuador es más que sus gobiernos, los grupos vandálicos que pescan a río revuelto, lxs corruptos que piden asilo e incendian la Contraloría y que los grandes poderes económicos y agendas mundiales que están detrás de la escalada de violencia de las manifestaciones. Ecuador es un pueblo hermoso que a las 20h30 en punto se unió, como si hubiese sido orquestado por Damiano, en una sinfonía de cacerolas a favor del cese de violencia, por la paz. Ecuador es un pueblo donde las universidades acogen a la resistencia indígena, donde las y los estudiantes comandan corredores de apoyo humanitario, donde los paramédicos forman cordones para proteger a la población civil que se manifiesta pacíficamente. 

Tal vez les resulte amarillista mi dibujo, pero las fotografías del estado de excepción son de mundial conocimiento. Yo misma he visto una cantidad de mujeres con sus guaguas y guaguas con sus muñecas tapadas las caritas con mascarillas, o envueltas en los ponchos de las mamas para no respirar el gas. Yo creo que debemos dejar esa constancia y no olvidar nunca los costos de la desigualdad social tremenda que nos divide. 

Me he decepcionado de muchas personas, más de aquellas que se dicen defensoras de DDHH. He leído de todo: desde quienes van a defender ¿gratis? a la policía y a los militares (que son pueblo y también merecen defensa, sí, pero el gesto es macabro) hasta quienes dicen que lxs indígenas deberían agradecer porque se les corta el agua, para que regresen pronto a sus páramos y dejen de caotizar. Ninguna persona con unos dos dedos de alma que vea las caritas de los guaguas en los refugios va a desear que pasen un segundo de hambre, sed, enfermedad sin atención médica, miedo, aspiración de gas, amenaza de ingreso de la policía o cualquier tipo de escasez y peligro. 

Esxos son buena parte de nuestros "defensorxs de derechos", gente que se pregona #prochoice y #loveislove en plan cóctel y lobby internacional pero que no solo es ciega con los sufrimientos del pueblo golpeado por las medidas económicas, sino que reacciona con encono frente a la resistencia; o servidorxs públicos que operan a lo banalidad del mal, "cumpliendo órdenes", gente que quiere sacar la visa "porque ya Ecuador ya se hizo Venezuela"; gente que se siente mal porque ha escalado la lucha de clases y se siente atacada por "pensar diferente" (cuando a otrxs las fuerzas del orden les atacan por existir, sin más) y gente que dice "basta de violencia" "fuera vándalos" vinculando al movimiento indígena con acciones delictivas, sin comprender el trasfondo de clasismo, colonialismo, racismo y patriarcado que está en la base de este conflicto social.
También están las familias que nos acogen y calman a la distancia, los hermosos estudiantes, lxs abogadxs de DDHH que han ido a los cuarteles y a flagrancia a acompañar a detenidos por protestar, la gente buena que en gesto quizás leído como asistencialista pero encomiable en el contexto, ha regalado comida, tiempo, tabacos y manos a quienes resisten; las universidades que han jugado un papel humanitario ejemplar, instancias como las Naciones Unidas y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos que están vigilantes y ofrecen mediar, periodistas independientes que se han jugado la vida por contar las historias que los grandes medios ocultan y personas que calman y llaman a la calma en medio de este dolor nacional que es el Ecuador. También amigxs del extranjero que leen claramente el conflicto a pesar de la desinformación y que nos llaman a preguntar cómo estamos y oran por nosotrxs, aunque sean ateos. 

Sin más, copio y pego mi columna, que Diario El Tiempo se ha negado a publicar pero que espero pueda ser leída porque pensaba que tenía un mensaje importante:
"En estado de excepción, los estándares del derecho internacional de los derechos humanos y de la doctrina de protección integral de la niñez y adolescencia, señalan la especial diligencia que se debe en casos de violencia contra las mujeres, niñas y niños, como torturas, tratos crueles, inhumanos y degradantes.

El 11 de octubre se conmemora el Día de la Niña, para evaluar los avances y las deudas enormes con una población en particular vulnerabilidad. En el mundo nos faltan millones de niñas debido a los abortos selectivos de fetos femeninos en países como China e India. La mitad de las agresiones sexuales las sufren las niñas menores de 16 años. Las niñas son propensas a sufrir prácticas nocivas, explotación sexual y maternidades forzadas por violencia sexual. Cada siete segundos una niña menor de quince años contrae matrimonio. Nueve de cada diez servidoras domésticas menores de edad son mujeres. 7. 140 millones de niñas y mujeres han sufrido mutilación genital. 30 millones de niñas corren el riesgo de ser víctimas de mutilación genital femenina en la próxima década. 


En Ecuador no hay acceso universal a educación sexual y anticoncepción de emergencia y se criminaliza el aborto, aun en casos de violación a niñas. Quienes tienen hijos/as entre los 12 y 14 años, vuelven a tenerlas/os antes de los 18. Ser madre adolescente incrementa la condición de pobreza en un 18 al 28%. En el Ecuador, el 75% de madres adolescentes están en la población económicamente inactiva y reciben 90% menos salario que una madre adulta. Por cada año de educación de las mujeres aumentan sus ingresos en un 10%. Las madres tienen un nivel educativo primario en un 48% y 30% de nivel secundario, con variaciones por grupo étnico, las indígenas con peores indicadores. En áreas rurales, la fecundidad es 30% más alta que en zonas urbanas. En Azuay, 3 de cada 10 embarazos son adolescentes. 


El 11 de Octubre, Día de la Niña y el 12 de Octubre, Día de la Interculturalidad y la Plurinacionalidad, niñas de pueblos y nacionalidades del Ecuador que han caminado con sus madres hasta la capital resisten a las medidas económicas que precarizan más su vida. La policía ha reprimido con violencia y lanzamiento de gases a zonas de paz donde pernoctan pacíficamente mujeres y niñas. Naciones Unidas, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y organizaciones de defensa de derechos humanos han hecho múltiples llamados a detener estos ataques y proteger a mujeres, niños y niñas. ¡Basta de violencia!"