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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Sin ternura estamos condenadas


Estudié en la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca y desde el primer año, tuve de alguna manera una situación de privilegio. Como tal invisible. No estaba consciente de que el sitio que ocupaba en la Facultad no era el de la mayoría. Porque era hija de un profesor. Siempre sentí mucho respeto de parte de mis maestros. Sin embargo, todos los días nos enterábamos de los atropellos a que sometían ciertos profesores a estudiantes. Entonces el movimiento estudiantil era muy crítico. Yo no me quería meter en política, me apasionaba el estudio. El entorno no me molestaba, era cómodo para mí.
Cuando llegué a quinto año, asumí con una compañera la representación estudiantil al Consejo Directivo. Desde esa experiencia, mi primera en política de alguna manera formal, comencé a ver, en blanco y negro, las asimetrías del sistema. Que una era “respetada” y hasta “querida” como estudiante, en la medida en que fuera absolutamente funcional al orden establecido. Que estuviera callada, más bien dicho. Yo hacía por entonces desde cierta ingenuidad política, desde ese corazón fervoroso que se tiene en la primera juventud, algunas observaciones a situaciones que parecían reñidas con el buen rendimiento académico. Sobre todo, me inquietaba la intocabilidad de los profesores. Atreverse a decir algo sobre un profesor, equivalía a una herejía. Mis dudas y reclamos en el Consejo Directivo, fueron reprimidos en esa época. Con violencia, psicológica y verbal. Desde ahí pude sentir, en mi experiencia, el peso de estructuras patriarcales de poder.
Años después, por cosas del trabajo, he regresado a la Facultad con frecuencia. Ya no con el miedo de cuando era estudiante, cuando pensaba que me iban a levantar el grado por haber osado cuestionar a profesores o autoridades. Le digo “la Facultad”, porque aún así la siento mía, y porque sé que existe más allá de las personas que por ella pasan, porque el poder es transitorio. Pero algo muy rancio hay en ella. Basta ir al Aula Magna y ver los retratos de tantos varones en el poder desde 1867. Yo no era feminista. No entendía de feminismo y ciertos discursos reivindicativos sobre las mujeres me molestaban. Discursos que por entonces eran minoritarios. Provenían de las compañeras que militaban en movimientos de izquierda, que trabajaban en la AFU. Algunos de esos discursos no me gustaban, no me convencían, porque decían de manera recurrente “nosotras somos personas también”, “nosotras también valemos”, “podemos en igualdad con los hombres”. Para mí eso era evidente y me parecía, de alguna manera, insultante afirmar que podemos. Porque yo decía, “eso es obvio, ¡claro que podemos! ¡claro que podemos y mejor!”… Esto, seguramente desde mi posición cómoda, desde un hogar probablemente mucho más igualitario que el del resto de mis compañeras, desde la ceguera de a quien jamás le dijeron: no hagas esto, no puedes esto, no vales, no sirves. De a quien no le negaban todavía su valía como humana. Como sí se hace contra miles de mujeres, todavía.
Me acuerdo de la Dra. Ximena Medina Zea, a quien por cierto, la Facultad debería, cuando menos, hacerle un justo homenaje colocando su nombre en alguno de los espacios relevantes del campus. La primera profesora mujer que tuvo la carrera de Derecho. Una valiente. Su vida fue tempranamente segada, (casi a la edad que tengo hoy) por violencia machista. El suyo fue un femicidio. Y tristemente, por su condición de mujer, los días posteriores a su muerte se reflejaron en una profusión de rumores sobre su vida privada. Sobre qué habría hecho ella para que le pase. El suyo, fue tachado en voces bajas como “crimen pasional”. Y como tal, no debía interpelarnos, era un problema privado. Por más “privilegiadas” que seamos en ciertos contextos, la condena está en nuestro sexo. En el hecho de ser mujeres. Como en el caso de la Dra. Ximena Medina, una persona estudiosa, autónoma, profesional, que pudo llegar muy alto por sus méritos indudables y por la lucha de las ancestras que nos abrieron camino. Aunque socialmente, de acuerdo con nuestra posición podamos tener algunas ventajas, al final somos mujeres, el segundo sexo.
A mí me tocó vivir momentos de violencia política, que de seguro no los hubiera vivido si era varón. Ciertamente, no puedo compararlos con las violencias inenarrables que viven miles de mujeres. Pero sentir el miedo en mi propia carne, la indignación, el peso de la institución sobre mis hombros, hizo que despierte mi conciencia feminista.
Hemos andado mucho en estos años, desde el movimiento de mujeres, en el que me metí de cabeza, de corazón, gracias a la indignación. A la rabia de comprobar que podemos tener los mejores rendimientos académicos, ser las más trabajadoras y aún no somos iguales. Seguimos en posiciones secundarias. A la desazón de sentir que las mujeres abogadas somos “queridas” en la medida en que cedamos a cierta condescendencia galante de algunos hombres. Que somos “bien tratadas” si somos las mhijas, las mireinas, las micorazón. No las compañeras, no las colegas, no las estudiantes. Esa categoría de colegas está reservada a la fratría. Y pasaban cosas que me da vergüenza escribir, pero eran secretos a voces: que ciertos profesores nos ponían buena nota en el examen si íbamos con escote o con mini falda. O diez en la lección si en lugar de recitar la materia nos dábamos “una vueltita” frente a la clase. O a las que fuimos hijas de profesores nos respetaban también por el respeto a los hombres bajo cuya tutela estábamos. Y así, en términos jurídicos, lo accesorio seguía la suerte de lo principal. Las bonitas, pobres. Pobres de las que tenían/tienen un hermoso rostro, una hermosa figura. Sus opciones: pasar bravísimas para que no les coqueteen o para que no duden de su inteligencia, o soportar la galantería y reírse de los chistes sexistas. Algo así como repartir en reuniones sociales whisky a los varones y zhumir pink a las mujeres. La caballerosidad, el machismo galante, que es la versión edulcorada del patriarcado.
En estos años últimos, también la Facultad de Jurisprudencia ha sido un escenario de discusiones social, académica y políticamente relevantes, sobre feminismo, ambiente, diversidad sexual, despenalización del aborto, femicidio, que son los temas que más molestan al poder. En estos años, gracias a la lucha persistente del movimiento de mujeres local, a procesos de formación sostenidos, a la sororidad internacional traducida en una pedagogía de la ternura y la igualdad a través de redes sociales; se han ido sumando voces críticas. Las jóvenes de hoy, las estudiantes, tienen mayores herramientas. Están más conscientes de sus derechos. No se ríen tan fácilmente de la broma sexista del “profe” para pasar el año.
Yo pensaba que la Facultad había cambiado. Incluso en los renovados discursos de varios profesores y profesoras que ya incluyen la perspectiva de género en sus clases. Pensé entonces que ya pasó ese largo tiempo de oscuridad, de invisibilidad de las mujeres, de galantería académica. Hasta hace poco.
La aprobación, por parte de un tribunal masculino, de la tesis titulada “El femicidio como homicidio agravado”, me ha conmovido profundamente. Me ha indignado profundamente. Cuando supe por redes sociales que un estudiante quería abordar el tipo penal desde una perspectiva crítica, defendí la idea de que, a priori, no hay tema que deba ser censurado en el marco de un debate académico. Que la Universidad está precisamente para eso: para debatir. Incluso lo que consideramos absolutamente irrefutable. Sin embargo, con la fragilidad que tiene todavía el discurso y la vivencia de los derechos de las mujeres, no podemos decir, de ninguna manera, que es un terreno sólido. Es un terreno en disputa, donde todavía debemos pelear por lo obvio.
Leí la tesis y de verdad no podía creer que se hubiera aprobado este trabajo “académico” con varias falacias, pero sobre todo, con indolencia hacia la realidad de las mujeres que son asesinadas. Cuando 1 de cada 2 mujeres asesinadas en el mundo, mueren a manos de su pareja o un familiar y solo 1 de cada 20 hombres es asesinado en esta circunstancia. Cuando cada 10 minutos una mujer es asesinada por su pareja o ex pareja en el mundo. Cuando 2.100 mujeres son asesinadas al año en América Latina y El Caribe, 12 por día. Cuando en los últimos años, se han incrementado de 5 a 16 los países en la región, que tipifican el femicidio como infracción penal autónoma.
Entre otras afirmaciones, en la tesis se sostiene, como hallazgo investigativo, que “los insultos si bien son más frecuentes por parte del hombre a la mujer, son más humillantes los proferidos de la mujer al hombre, especialmente en casos de infidelidad, que es en la mayoría de casos el factor desencadenante del femicidio”.Esta gravísima afirmación se realiza sin ningún sustento. No se remite a la multicausalidad del femicidio/feminicidio, que en última instancia está determinada por las relaciones estructurales de poder y la desigualdad histórica entre mujeres y hombres, en el marco de climas de impunidad generalizados, donde el estado, así, en minúscula para mí, incumple su deber primario de prevención. O cuando ocurren los crímenes, en la ausencia o deficiencia de procesos imparciales y expeditos de investigación, sanción y reparación integrales.
Dice la tesis “Pero también hay que reconocer que en la actualidad se vive una suerte de femachismo no solo de mujeres que son o buscan ser los machos de la casa, sino de las feministas radicales y lesbianas con odio masculino”. Utiliza categorías no científicas como “feminazi” para descalificar a las personas feministas, haciéndolas ver como totalitarias y antiderechos, cuando la vocación del movimiento feminista es todo lo contrario: una lucha sí, política, sí, radical, sí, ideológica, también, académica, claro, pero que parte de la idea revolucionaria, en ciertos contextos, de que las mujeres y los hombres somos iguales y merecemos los mismos derechos. Afirmar algo así de simple, en varios lugares del mundo, nos puede costar hasta la vida.
Por un lado está, por supuesto, la libertad de expresión del autor de la tesis. Sin embargo, esa libertad de expresión no es ilimitada. No puede atentar contra los derechos. Por otro lado, está la responsabilidad de los profesores, como guías académicos de la investigación y está, el hecho aún más preocupante de la aprobación de la tesis, que debía ser reformulada, pues no tenía que haber pasado el filtro del tribunal.
No niego la posibilidad de cuestionar la constitucionalidad de cualquier figura jurídica, para eso está la academia, precisamente. Hay juristas feministas, incluso, que ponen en tensión el uso del derecho penal por parte de poblaciones históricamente discriminadas, al ser un instrumento selectivo social, racial y económicamente; patriarcal, violento y jerárquico por excelencia. Porque de alguna manera “privatiza” la violencia al identificar una víctima y un perpetrador. Porque la cárcel no soluciona el problema de la violencia. Es una postura que no comparto, personalmente, en su totalidad, pues creo que sin sanciones claras y con impunidad, crece la violencia hacia las mujeres. Sin embargo, la crítica al tipo penal desde la tesis parte de otras razones menos reflexivas, llenas de prejuicios y justificativas de la violencia.
Preocupa que en nuestra U, espacio en el que deberíamos formamos críticos y críticas, en el que podríamos incubar nuestros sueños de cambio y justicia social, donde aprendimos en las actividades de extensión universitaria la realidad de pobreza, violencia y desigualdad en que está inmersa gran parte de la población, en cuyo consultorio jurídico veíamos llegar a mujeres golpeadas por sus parejas, a mujeres con bebés en los brazos clamando por un juicio de paternidad y alimentos, para pelear por una pensión mísera, a mujeres que buscaban el divorcio por el abandono, la violencia económica, física, sexual y psicológica a la que fueron sometidas durante años; se cocinen y aprueben estos trabajos. Esa querida Facultad que ha sido a veces también escenario de luchas, de debates académicos, de resistencia popular y social.
Sorprende que en la Facultad, donde también hay una carrera y maestrías de Género, este trabajo haya tenido acogida, pase a formar parte de un repositorio y se constituya en precedente que puede alentar una serie de otros trabajos “académicos” que, sobre la base de generalizaciones, falacias y subjetividades; sigan desinformando sobre la realidad de la violencia hacia las mujeres, trasladando la culpa a las víctimas y asumiendo que “el totalitario tipo penal del femicidio es la máxima expresión de una ideología que se ha instalado en la sociedad e instituciones del siglo XXI, una ideología feminazi, que niega derechos y garantías a la población por el solo hecho de haber nacido con cromosomas XY”, cuando la realidad es que el tipo penal del femicidio responde a la necesidad de nombrar y abordar de manera autónoma y especializada, la máxima expresión de violencia contra las mujeres, por el solo hecho de serlo, para erradicarla.
Las mujeres nos queremos libres. Nos queremos vivas. No merecemos que un espacio en el que hoy somos mayoría, se hable de nosotras como ciudadanas de segunda clase. No nos merecemos que se justifiquen nuestras muertes. No nos merecemos estudiar, trabajar para un espacio que no acoge como válidas nuestras reivindicaciones. Peor aún que se dude de nuestra valía y profesionalismo por ser mujeres. O que se admita que no pueden existir varones que compartan nuestras luchas. Los hay, pocos, pero los hay.
Como dijo la brillante Adrienne Rich: “Sin ternura, estamos condenados”. Recuperemos la rabia, pero también la ternura, para reivindicar la necesidad de espacios universitarios libres de todo tipo de violencias. Recuperemos la capacidad de asombrarnos y de solidarizarnos con las estudiantes que tienen que escuchar discursos sexistas en las aulas, con las profesoras de cuya capacidad se duda o que se dice que han entrado a la Facultad porque les regalaron puntos por ser mujeres, con los varones antipatriarcales que se suman a la causa y sufren con nosotras las consecuencias de actuar de manera académica y rigurosa, pero también desde el compromiso de una vida libre de violencias hacia las mujeres.
Decir ni una menos, también significa que nos queremos vivas, vigilantes, altivas, críticas. Y que no nos maten simbólicamente.

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