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domingo, 20 de octubre de 2013

El Centro Histórico desde los ojos de Pepita


Desde hace seis meses, tengo la dicha de vivir en el Centro Histórico. Siempre ha sido el espacio referente de mi vida, pero lo había caminado solo en el corazón y no en sus calles más periféricas. Esta experiencia de caminar y caminar, de ver por las vitrinas y las ventanas, me ha brindado la maravilla del descubrimiento de escenas, personajes y lugares pintorescos y sensibles, que trataré de describir, brevemente, a continuación. En este ensayo de recoger pasos, no se agotan los posibles lugares y personas donde el primor, la belleza, la nostalgia y, a ratos la tristeza, se unen. Quisiera guardar para siempre en mi mente estas imágenes, que temo podrían perderse por el paso del tiempo. Muchos/as protagonistas de estas historias son personas ancianas que ejercen valiosos oficios, todos los días, con el amor, el esfuerzo y la experiencia de décadas. Algunos lugares son:

Los talleres de costura, donde hábiles modistas confeccionan trajes y uniformes a medida.

Los misteriosos zaguanes que albergan enigmáticas y solitarias vitrinas, que exhiben mercadería peculiar, de la que, aparentemente, nadie se hace responsable.

Las pequeñas farmacias familiares, que han sobrevivido a la profusión de cadenas como “Fybeca”, “Pharmacy’s”, “Cruz Azul”, o “Sana Sana”, que aparte de medicamentos venden productos “Maja”, maquillaje utilizado por muchas mujeres y colonias “Jockey Club” o “Pino Silvestre”, antiguos perfumes de caballero.

Los locales de venta de periódicos, libros y revistas usados, que exhiben la mercadería entre el polvo y la nostalgia.

Las clásicas peluquerías, que con su mobiliario beige y rojo ofrecen cortes de caballero a un dólar y cortes de dama a tres y en cuyas vetustas paredes figuran posters de modelos de los años ochenta y principios de los noventa, luciendo cortes que han perdido actualidad.

Las peluquerías ya más modernas, que ofrecen en vistosos carteles colocados afuera, cortes, peinados, rayitos, manicures, pedicures, depilaciones, rizados de pestañas permanentes o colocaciones efímeras de pestañas y que por lo general tienen nombres de mujer que terminan en un apóstrofe y una ese, como “Anny’s”, “Loly’s”, o “Pachi’s”.

Los paradigmáticos estudios jurídicos que atienden a la calle, con máquinas de escribir y antiguos archivos de juicios interminables, donde los/as preocupados clientes esperan a ser atendidos por el abogado sentados/as en una silla.

Los tradicionales locales de venta de polleras bordadas y de vestiditos para Niñitos Dios y para santos, donde las lentejuelas, los mullos, el terciopelo y los coloridos hilos, son la sensación.

Las pocas tiendas de discos que sobreviven a la profusión de la piratería y la música computarizada. 

Los antiguos estudios fotográficos, en cuyas ventanas y puertas aparecen viejas fotos de matrimonios, grados, quince años, o fotos tamaño carnet de alguna figura pública que para hacer un trámite burocrático se tomó la foto “al paso” y posa imperturbable sobre un fondo marmoleado que imita a los jeans nevaditos que tan de moda estuvieron en los años ochenta. De vez en cuando, estos estudios, tienen fotografías antiguas y bellas de personajes de la ciudad, en gran tamaño, que nos hacen pensar que la experiencia será trascendental. Pasamos al estudio y vemos, con tristeza, que una improvisada cámara digital nos invita a sonreír para imprimir en serie el aspecto de ese día.  

Los paradigmáticos viejitos que se sientan en las bancas del Parque Calderón, ataviados con sus mejores galas, y que en grupo ven pasar las palomas y la vida desde el corazón de la ciudad con sus sombreros, sus bastones, sus lentes y sus interminables conversaciones. Que sean hombres y no mujeres dice mucho de cómo el espacio público por décadas ha sido territorio masculino.

Los alféizares de las ventanas, que revelan, si uno se acerca, diversos y encantadores objetos, cuya finalidad es ser inútiles, pero bellos. Ya una figura de un perrito pequinés encapsulada por el tiempo y por el brillo arcoíris de la manufactura china. Un jarroncito con flores de plástico, engalanadas de falso rocío. De vez en cuando un peluche, de esos de grandes ojos azules de plástico, pegados sobre una nariz negra y una lengüita fabricada con un trocito de imitación de terciopelo rojo y, con suerte, con un corazón acrílico que brinda una frase de amor a la lectura de los paseantes. Un cenicero, una muñequita de porcelana que nos ve pasar, a través de la ventana.

Las antiguas floristerías, que, en afán de remozamiento, presentan nuevos diseños de arreglos florales al exigente público. Ositos y perros, fundamentalmente, de esponjosos cuerpos de claveles y oasis, son la novedad. Con frecuencia, estos mismos establecimientos, tienen unos interesantes soportes donde giran tarjetas del tamaño de una de crédito, ya holográficas, ya normales, con hermosas y hechas frases de amor, acompañadas en su dulzura por dos caras: una, la que presenta el inicio de la frase y que, rematada con puntos suspensivos siembra la zozobra, la espera y la ansiedad de saber qué dice del otro lado de la tarjeta y, la otra, donde está la conclusión de la frase, con un espacio en blanco donde poner el nombre de quien se responsabiliza de declarar su amor. La decoración de la tarjeta está hecha con base en dibujitos de perritos tristes y cursis de largas orejas y grandes ojos de asombro y de melancolía, (algo parecido al amor) o, también ocurre, con imágenes de parejas disfrutando de atardeceres en lejanas playas, al compás de un congelado viento que ondea sus cabellos (escenas similares a las insertas en vídeos de karaoke) y que, emplasticadas, nos brindan el recuerdo de suspiros de tarjetas recibidas o la frustración de tarjetas jamás entregadas.

Las sastrerías, que cuando un@ se asoma nos brindan la escena del sastre viejito, con la cinta métrica rodeándole la espalda, mientras corta, cose o plancha, con un antiguo maniquí de ojos estáticos, que luce la mejor creación, mirando desde el fondo.

Las señoras que sacan a pasear perritos pequineses y frenchs.

Las viejitas de las tiendas, que atienden sentadas y se sirven de un palo para acercar la mercadería a la clientela y generalmente están acompañadas de un gato.

Los talleres de carpintería que animan su jornada diaria con emisoras de radio festivas.

Las antiguas zapaterías que sobreviven a la profusión del calzado chino, en tanto confectoras de zapatos y, a la Rápida y a la Precisa, en tanto reparadoras de lo mismo. Muchas veces, estos establecimientos están regidos por algún zapatero muy viejito, que, acompañado por las noticias de una radio de transistores, espera con paciencia la venta de su valiosa mercadería.

Las palomas que aguardan en los techos algún llamado de sincronización misteriosa y que, por momentos, parecen caer del cielo en masa para bajar a comer o para pasarse al techo del otro lado de la calle.

Las pequeñas fondas que ofrecen comida costeña, con un carrito a la puerta para invitar a los transeúntes a pasar.

Los zaguanes coronados por una paila de fritada hirviendo o de papas con cuero rebosantes de arroz con fideo trigo y huevos duros.

Los carritos de helados que por un extraño mecanismo se mantienen congelados, vienen en conos “Campeón” y se decoran con una mermelada de mora que sale de un envase en el que alguna vez hubo salsa de tomate.

Los carritos de hielo que gracias al raspado se convierte en escarcha, que se decora y endulza con agüitas de varios colores y que, en un vaso plástico y con sorbete, se sirve con una cima de leche condensada y parece la gloria cuando el carrito aparece en una mañana sofocante o en el sol del mediodía.

Los olorosos y cenicientos carritos de chuzos.

Los fragantes carritos de plátanos con queso.

Los gloriosos carritos de fritada, mote choclo, huevo duro, papas chauchas, tostado, plátano y mayonesa que se sirven en una fundita amarilla a la que, humeante, acompaña una cuchara plástica.

Los carritos que venden “cevichochos”, una alternativa económica para quien está “chuchaqui” y no pudo comprar un encebollado o ceviche.

Los contados y olorosísimos carritos de hot dogs donde, en la noche, l@s comensales se congregan para matar el frío y el hambre, cuando los hay, o, de lo contrario, se acompañan de su dueño que, habiendo llegado en bicicleta, espera paciente frente al cálido potaje la venta de aquellos deliciosos sánduches.
Las señoras de cuarenta años para arriba que tienen peinados traídos directamente de finales de los años ochenta y principios de los noventa, cuando estaban de moda las permanentes, los ventarrones y los coquetos cerquillos abombados.

Los señores que lustran zapatos en antiguas sillas de madera rojas o azules y que brindan a su distinguida clientela la prensa del día para su lectura.

Las viejitas que, de vez en cuando, se ve asomar por las ventanas nostálgicas de algún conventillo y que miran la vida pasar desde un segundo o tercer piso.

A veces, una puerta abierta que, si nos atrevemos a mirar más detenidamente, revela la existencia de un patio y, con suerte, hasta de una huerta.

Los talleres de reparaciones eléctricas donde aparece el técnico entre varias columnas de televisiones, refrigeradoras, hornos, licuadoras, batidoras, microondas, radios, teléfonos, etc.

Los bazares que venden todo para el hogar y regalos especiales, entre los que cuentan ollas de fierro enlozado, lámparas con imitaciones de gotas de vidrio, peluches, tarjetas, figuras decorativas, diarios íntimos, cajitas musicales de secretos, etc.

Los hermosos y fantásticos almacenes que ofrecen todo para fiestas y que nos reciben con algún muñeco de peluche gigante (generalmente “Barney”, “Mickey Mouse” o “Winnieh the Pooh”) que tiene vida propia y en cuyas vitrinas no faltan los vestidos de novia y de quince años para alquiler, además de los letreros de espuma flex, encaje y escarcha con mensajes como “En mi grado”, “En mis quince años”, “En nuestro matrimonio”, que también venden tarjetas, bolsitas de arroz, ligas, copas, champán Grand Duval (el de las grandes ocasiones) manteles, disfraces y en los que, si entramos, nos ofrecen un delicioso pedazo de torta ya como cortesía, ya como invitación a contratar el paquete completo de nuestra celebración, con el fin de hacerla inolvidable.

De repente una viejita con una canasta en la que guarda lo que teje a crochet, muñequitas, vestidos de muñecas, tapetitos y diminutos escarpines.

Las abacerías con frascos gigantes de vidrio, en los que hay nueces, pasas, almendras, pistachos, aceitunas y otros lujos gastronómicos para su venta al por mayor (y menor).

Las antiguas panaderías que exhiben en sus vitrinas pastas rebosantes de una crema blanca que decora un cake  relleno de mermelada de frutilla o mora y que terminan en un churito de crema, bañado por coco rallado y coronado por una cereza marrasquino.

Las pequeñas vitrinas donde se reparan relojes y en cuya publicidad se constituyen los relojes jamás reclamados por antiguos clientes.

Los puestos de revistas y periódicos, donde autores locales, con el fin de probar la suerte que no tendrán en las grandes librerías, ofertan sus libros, y donde siempre se puede encontrar el almanaque Bristol.

Los charolitos de cigarrillos, caramelos, papas, chifles, aguas, chupetes, chicles, fósforos, etc.
El puestito que cubre de mica documentos importantes.

Los locales de alquiler de computadoras con internet que ofertan la elaboración de trabajos y la hechura de tesis enteras.

Algún taller de un valiente pintor que hace su arte frente al público.

Una tienda de barrio con una vitrina por delante, donde se exhibe, en un plato de fierro enlozado, dulce de leche hecho en casa para meterlo en un pan. 


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