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martes, 4 de mayo de 2021

El cuerpo

Soy dos. Brea y óleo sobre cartulina. 2021



A veces pienso que mi cuerpo está habitado por bacterias malas. Lo siento pesado. Me siento mal abrazada y mal querida por un marasmo tóxico. Cuando no duermo me arden los ojos y tengo ganas de sacármelos y ponerlos dentro de un vaso con agua helada. 

A veces pienso que, poco a poco, esas bacterias me están abandonando. Sin embargo, me aferro a ellas en un intento desesperado por seguir habitada por basura. Empiezo a sentir mi cuerpo más suelto, mi mente más enfocada y le pido a la neblina mental que regrese y a la pesadez que me cobije. 

Quizás el miedo que tengo a ser yo, sin esta cobertura bacteriana que me conforma, puede más que los valores de sanidad y cuerpos normados que vende el mercado. Me aferro a mis hábitos y a mi inconformidad con mi cara. Me aferro a la suciedad como una persona con síndrome de Diógenes a aquellas valiosas pertenencias recogidas en la basura. 

No quiero soltar esa que no soy yo pero que me da pretextos para aferrarme a la desdicha de ser yo. La posibilidad de una vida sin quejas y fuera del victimismo dignificante de mujer en sociedad judeocristiana me da pánico. 

No quiero verme con el amor con el que veo a lxs demás porque acaso ese exceso de cariño vaya sacando de mí estos bichos a quienes ya les he hecho un espacio del tamaño de mi corazón, aunque para no amarme a mí. 

El cuerpo, maquinaria perfecta, es el artífice de profundas convicciones e ideas. Si quiero desaparecer, me engorda. Si siento que no soy suficiente, se llena de granos. Si abriga alguna tristeza indecible, se deprime, se autoataca, es autoinmune. 

El pelo cae, se inflaman las vías urinarias, hormiguean las manos, salen quistes y miomas en el útero. El cuerpo grita todo aquello que nos resistimos a decir a lxs demás y lo que nos decimos sin amor a nosotras mismas. 

Juega a nuestro favor. Actúa según los mensajes que le damos. Por eso, es perfecto. Por eso, es hermoso. Por eso, se convierte en aquello que no es para darnos gusto, aunque eso mismo, no nos haga felices. Por eso, hemos de amarlo sin condiciones, verlo hermoso, agradecerle por ese juego constante a nuestro favor. 

Ir viendo en él la maravilla de su funcionamiento perfecto, aunque no le dejemos descansar, aunque le intoxiquemos con basura, aunque nos lo fumemos y bebamos para morir antes de lo previsto, aunque no le demos agüita ni le digamos cosas lindas. 

El cuerpo es un sobreviviente de nuestra mente. Cuando enfermamos el cuerpo, masa perfecta, resiliente, nos pide un poco de atención. Ha explotado. Pero cuánto resistió. 







lunes, 17 de agosto de 2020

Hay que decirles a las personas cuánto las amamos

 En estos días en que la muerte ronda es importante decir a las personas cuánto les queremos. A veces parecería que soy ingrata, pero en realidad les llevo a todes en mi corazón. Solo he aprendido a vivir más el presente y menos de manera virtual y a tener más contacto conmigo y con el entorno inmediato que es este hogar. Quisiera pensar que no me voy a morir porque la longevidad es asunto de familia.

 

Veo a mi abuelito, con sus 97 años, un poco cansado ya, pero fuerte. No registra ya las conversaciones, está atrapado en los años noventa y piensa que le encerramos y muchas veces no entiende que estamos en una pandemia, pero cada vez está más acostumbrado al aislamiento. Le veo a mi abuelita con tantos dolores de cuerpo y alma pero completamente lúcida, con el criterio listo para todas las conversaciones y pienso que tengo una vida larga por delante. Pero también recuerdo a mi abuelo paterno que murió a los 78 años con enfisema porque fumaba duro, no sé cuántas cajetillas diarias de Full sin filtro y tuvo una agonía triste que duró tres meses y a mi abuelita paterna que se fue joven, con un derrame cerebral y que padecía diabetes e hipertensión; o pienso en mi bisabuelo que murió cuando mi mamá tenía unos cinco años, como consecuencia de una cardiopatía en un tiempo en que no existían las operaciones del corazón o en aquel bisabuelo que también se fue por las complicaciones de la diabetes; o en mis bisabuelas maternas, tanto por parte de mi abuelo como de mi abuela, que murieron, diría yo que de viejitas, exactamente a los 96 años; número que se repite en mi historia, porque en el 96 lloré la primera muerte amarga, la de mi perro Trapo, que se llevó un poco de mi corazón, para siempre, un día después de mi cumpleaños número diez.

 

Agosto es un mes bellísimo, pero también triste. No sé si son las heladas o algo parecido al verano, pero suele llevarse consigo seres maravillosos, con las cometas que los niñxs vuelan en el parque. Me acuerdo de que el Trapito vomitó sangre toda una noche y que no fueron suficientes los cuidados amorosos de mi mamá y de la veterinaria para que sobreviviera. Cómo lloramos. Este agosto también coincide con una expansión veloz del virus y un relajamiento en las medidas de confinamiento que ha abarrotado los hospitales con mortales consecuencias.

 

Otro dolor indecible fue el del viaje a Chile de mi mejor amigo de la pubertad Luis Felipe, cuando todavía las cartas se enviaban por correos del Ecuador y llegaban tarde, mal o nunca y cuya partida lloré como la muerte del Trapo, pero con más sensación de irreparabilidad, porque era la primera vez que aprendía a querer a alguien sin condiciones. Tenía doce años y sentía que se me desgarraba el corazón. Años después, la primera ruptura amorosa importante también me hizo llorar como no he vuelto a hacerlo nunca, porque parecería que el corazón va creciendo con los años porque se multiplican los afectos, pero también va ganando cierta flexibilidad, ya no es ese cristal que se rompe, que se triza para siempre, y que luego ha de pasar la vida como una constante necesidad de unir fragmentos que, aun juntos, no vuelven a ser jamás un corazón, sino sus pedazos. Ese corazón es como los calidoscopios que multiplican cristales infinitamente y que es imposible que den la misma imagen dos veces, tanto como es imposible que se repita una huella digital. Un corazón roto no vuelve jamás a ser un corazón. Por eso ya no nos duele tanto nada.

 

Todxs tenemos corazones rotos, porque por ellos ha pasado la pérdida como una trizadura. Seguramente aún no he enfrentado la que será, al fin de mis días, la peor muerte. Hay personas que pierden hijxs, que pierden a sus madres –habrá más infame orfandad- a sus padres, o que pierden a los amores de sus vidas en circunstancias trágicas. Quizás no hay derecho a nombrar la muerte si no se ha sentado en la misma mesa de nuestros primeros grados de consanguinidad y afinidad. También están estas muertes políticas, que duelen porque son evitables y porque nos recuerdan la impotencia de vivir en estados asesinos. Los feminicidios, los infanticidios, los crímenes de odio y las muertes selectivas de personas pobres, sus cadáveres conviviendo con sus familias porque no pueden enterrarles, expuestos en veredas o encerrados en fundas plásticas con sobreprecios. Esas muertes políticas también las lloro porque las reflexiones espirituales que trato de hacer para combatir mi ansiedad y mi hipersensibilidad no me alcanzan para mantenerme serena ante las injusticias. Las muertes de los cuerpos inermes son las que más me duelen. Las muertes inesperadas de los niños, como mi primo Adrián. Las pérdidas de los embarazos de mujeres que decidieron y anhelaron la maternidad. Las muertes de para quienes nunca alcanzó el reparto de bienes sociales o de quienes no conocieron el amor, el placer o el gran dolor de sus vidas, como impulso para recuperarlas. Las muertes de las personas ancianas en abandono del estado y de sus familias o por considerarles seres de segunda.

 

Es tiempo para practicar la bondad y el amor sin condiciones. No es fácil. La vida es tan breve que ha de vivirse de dos maneras, como se quiere y si no se puede vivir como se quiere, con gratitud por aquello que sí tenemos o haciéndole honor a esa infinita fortaleza que está en cada una y cada uno de nosotres, aun en los escenarios más adversos. No es momento para las peleas, ni para los desencuentros, tampoco para las críticas ni para las descalificaciones. Todxs podemos morir en cualquier momento. Ya no importa, siquiera, si somos jóvenes o viejxs. Este virus, más allá de la estadística y de las tendencias anotadas por la comunidad científica, se ha llevado seres queridxs nuestrxs de todas las edades. No hay una sola familia en esta ciudad que no haya experimentado la enfermedad o la muerte de personas cercanas. Pero el virus se ensaña más con las personas viejas, aquellas que con su trabajo han cuidado y brindado sustento a sus familias y que hoy mueren más y también con las mujeres, no necesariamente por la mortalidad, sino por el desempleo, la pobreza, la violencia y la sobrecarga de trabajos; y con las personas pobres porque la crisis sanitaria profundiza las inequidades previas.


Decía Borges que la muerte hace preciosos y patéticos a los hombres y que no hay rostro que no pueda ser desdibujado como el rostro de un sueño. Nuestra condición mortal es nuestro mayor encanto y nuestra más grande tragedia. El día de mañana podemos no estar para siempre y estar acaso en un plano más absoluto. En eso soy optimista y quiero creer, por supuesto, que no nos acabamos con la muerte. Muere el cuerpo que tenemos, pero no muere lo que somos, una esencia trascendente que ha de reencarnar o que ha de penar en otros planos. Este mundo injusto es amado por mí y también amo la vida. Amo este país horroroso, donde los Bucaram vuelven a ser noticia como en el año 96, número dramático y recurrente. Amo este país donde un expresidente se roba un crucifijo de una Iglesia y se presenta ante las cámaras con un fajo de billetes en el escritorio. Este es un país por el que vale la pena levantarse todos los días porque la indignación está servida. Pero de aquí también son mis afectos más importantes, por cuyas vidas quiero todavía vivir.

 

Amo a todxs ustedes; familia, amigxs, amores, incluso a quienes a veces, por armar drama, he etiquetado superficialmente de némesis. Amo absolutamente a todas las personas que están en esta comunidad. Creo que nunca está demás decir el amor, nombrarlo, decir que amamos a alguien por el solo hecho de existir, porque mañana se puede detener ese que no es corazón, cada uno de esos pedazos. Amo a todxs ustedes, también a quienes nunca he visto en persona pero que me acompañan y nos arropamos mutuamente con el cariño y la confianza de viejxs conocidxs. Amo a quienes la vida me dejó la oportunidad de tener cerca pero luego nos distanció físicamente, no de alma.

 

Eso nomás quería decirles, que les amo. Que amen a quienes tienen cerca, que podamos aprender el perdón y la compasión. Que acompañemos a aquellas personas que están experimentando la enfermedad y la pérdida y que preparemos nuestras almas para la propia muerte, que también es una posibilidad. Cualquiera de los bienes terrenales no se compara con el afecto de otro ser, incluso de aquellos seres que pasan de manera efímera por nuestras vidas, que la rozan o de quienes la acompañan por largos períodos, que terminan. Son las otras personas, son ustedes, las que dan sentido a la existencia, las que la hacen imperiosamente digna de ser vivida, con mayor razón cuando la muerte ronda y nos puede llevar al cielo, como una cometa de agosto, de repente.

domingo, 5 de abril de 2020

El kitsch del virus




Amante soy de la parafernalia y de los paliativos*. No gratuitamente mis ídolos personales son Walter Mercado (que, en sus departamentos de Miami y Puerto Rico, respectivamente, tenía sendas habitaciones dedicadas por entero a albergar capas y perfumes) y Laura León (en cuyo talk show nos animaba a echarnos para adelante) y mis tesoros personales son cuentas, abalorios, bisutería, muñecas de aserrín y papel maché y figuras de yeso de animalitos (preferible si son perros, leones o delfines). Rezo con frecuencia y googleo los favores de la astrología a mi signo, con preferencia por aquellos horóscopos light que predicen bienaventuranzas y logros, cuando no exóticos viajes y prósperos negocios.

El virus puede sacar lo peor de los gobiernos y de la gente, en términos de desmantelamiento de sistemas de salud pública, estados de malestar, darwinismos sociales, mezquindades humanas, vilezas, envidias, oportunismos políticos, pero también nos demuestra que la vulnerabilidad es universal y que el sentido de supervivencia es el más fuerte de los impulsos demasiado humanos. En este momento el personal médico está ocupado en salvar vidas en los hospitales. Circula, por tanto, en nuestros celulares, una serie de bulos que se viralizan tanto como el mal porque multiplican la esperanza de tía en tía, como seráficos piolines que vivifican los ánimos caldeados por la angustia de la inminencia de la muerte en nuestro cosmos digital.

Médicos, ya cubanos, ya peruanos, ya chinos, nos cuentan en sus testimonios filmados con convicción científica pero improvisación audiovisual que han encontrado en sencillos elementos de nuestro mundo circundante (de la cocina) la cura al virus y que las potencias mundiales y las farmacéuticas los amenazan de muerte por arruinarles su multimillonario negocio. No está demás, por supuesto, tomar jengibre, propóleo, sal, limón, bicarbonato, no romper una cadena de whatsapp y juntarse en cruzadas de oración o meditación en línea, versiones contemporáneas de la consagración del Ecuador al Sagrado Corazón de Jesús en 1873, como primer país en el mundo en hacerlo, luego de pasar por un horrendo terremoto. 

Ese frenesí de la esperanza mundial con su punto focal en los andes tropicales da cuenta de lo mucho que amamos la vida. Nos aferramos con uñas y dientes a la esperanza de ser los sobrevivientes de esta incierta, inédita y silenciosa peste. Queremos ser esa salamandra triunfal que sobrevive con las cucarachas en el célebre manifiesto de García Márquez, El cataclismo de Damocles, escrito en tiempos de amenaza atómica, que con Desiderata forma parte del repertorio kitsch del degradé de las emociones humanas universales que van desde el pesimismo total hasta el entusiasmo cauto y cuya circulación crece exponencialmente, salpicando de fe nuestros corazones abrumados por la proximidad cada vez más angustiante de la muerte. 

Hay una belleza y un dolor insoportables, en palabras de Bolaño, en esas calles que ahora son, por estar vacías las de verdad, las redes sociales. Hasta las tías más ancianas saben manejar videollamadas de whatsapp y son portadoras de angustias y esperanzas, recetas para desinfección exhaustiva y consuelos virtuales. Las noticias en radio y televisión no son alentadoras. En los prólogos musicalizados con ritmos marciales, los informativos en tono apocalíptico ponen los nervios de la población de punta. Y no es para menos. Por eso, crece, constante y amorosa, esa ola de fe que deviene en meme, oración o vídeo motivacional. El amor tiene muchas formas de manifestarse y un piolín, acaso, es como las cucarachas de García Márquez: esperanza imperecedera y único vestigio de lo que fue la vida cuando Chernobyl nos quitó la ilusión, como ahora lo hace esta extraña peste de cielo tan azul como trinos de pájaros libres.

*Amar la fe y la esperanza no quiere decir que debamos pasar por alto las advertencias de la OMS y sus protocolos. 

miércoles, 18 de marzo de 2020

Mi abuelito

Una de las épocas más felices de mi vida fue hace más de diez años, cuando iba tres veces por semana a la casa de mi abuelito don Víctor a recibir clases de pintura. El taller del abuelito era un paraíso para mí. Entre trozos de vidrio de colores, espejos, pinturas secas, pinceles de todos los grosores, botellas de gasolina, majestuosos bustos de yeso de inspiración clásica, óleos en gran formato con retratos y paisajes, muñecas, payasos, revistas, una radio a transistores, caballetes, frascos de colonia, fundas de purpurina, máscaras de papel y caucho, plantas y su rigor puntual, nos acompañábamos con la banda sonora de radio Cómplice ¿o Matovelle?

Con el abuelito aprendí, aunque a medias, no por él sino por mi torpeza manual, a dibujar, pintar, hacer calidoscopios, crear mis propios muñecos de papel maché, hacer mis bastidores y mirar por horas un objeto para reproducir los cambios que pintaba en él la luz y su transcurso de las dos a las cuatro de la tarde. Era un trabajo de infinita paciencia que se me daba más o menos, pero lo hacía con la militancia y el fervor de quien adora más a su maestro que a la lección en sí. Yo le contemplaba.

Mi diario de 2007 da fe de nuestra relación tipo abuelito dime tú de la pequeña Heidi:
“Pienso gran parte del día en él, que es un alma pura y bondadosa, que sí tiene un poco de mayor cascarrabias, de viejito al que hay que alzarle la voz para que oiga, pero es un maestro y le hago caso en todo humildemente, sólo que no me gusta mucho pintar paisajes, prefiero los monstruos, los animales y las cosas.”

Tal vez nunca logré dibujar paisajes o apreciarlos como mi abuelito, que tiene en la mirada una sensibilidad única para captar las estampas azuayas de pencos, casas de adobe y palmeras, sobre todo al atardecer. O la agudeza para inmortalizar el alma de las personas en los retratos. Sus pinturas del Padre Crespi o del Luisito Peña son ojos que me siguen mirando aunque ya me haya ido, hace bastantes años, de ese tiempo feliz en que el abuelito y yo nos juntábamos en silencio a pintar la rosa cromática, luego de ver Laura en América.

Descubrí en mi ignorancia de la teoría del color, que el violeta resulta de la mezcla del cyan y el magenta y no del azul y el rojo. Pero el abuelito, les juro que era así, sacaba violeta del rojo y el azul. Tiene magia en las manos. Y puede retratar, todavía, porque sigue pintando con la misma ilusión de siempre, con sensibilidad y respeto, los rostros adoloridos y resilientes de mendigos, mujeres campesinas con sus guaguas, niños en la calle, sin zapatos y atardeceres de cielos violetas y azules con el Tomebamba o la catedral, sin necesidad de fotos ni de moverse de su mente privilegiada y de sus manos gigantes y hábiles, que tiemblan al pintar.

“Una estudiante me preguntaba, don Víctor, ¿el temblor de su mano es una técnica? Yo le decía no, es porque estoy viejo.” Y se reía, soltaba las carcajadas y terminaba confesándome que el temblor de sus manos, de resultado impresionista, era ambas cosas. Pero no era cierto, porque si se lo proponía o estaba de ánimo, dibujaba con precisión milimétrica y contornos definidos. Y me decía “yo puedo hacer esas tonteras de arte moderno” y sacaba un grupo de cuadros de motivos geométricos que tenía como muestra de su habilidad del pintor que reúne genio y oficio y que si no hace algo es sólo porque no le da ganas. “Pero no me gusta. Prefiero los paisajes y las personas”.

Mi abuelito. Ser de luz, ser de paz. Si él no me hubiera regalado el tiempo precioso de su taller, de su paciencia, de la fantasía de su mente y del privilegio de verle pintando, todos los días, sin dejar de hacerlo nunca, yo no seguiría pintando. Al abuelito y a la abuelita que le cuida, que le ha dado todo para que pueda pintar, les debemos mucho. Hoy él cumple 95 años de compromiso artístico y de vida honesta y sencilla y esperamos que nos acompañe, lúcido y talentoso, por muchos años más, nuestro muñeco precioso.

Publicado en mi muro de Facebook el 18 de marzo de 2020

Yo, por el abuelito. El abuelito, por mí. 2008

jueves, 20 de febrero de 2020

¿Por qué la Pepita es abogada?

En cumplimiento del último mandamiento del famoso texto "Decálogo del Abogado" mi papá con tanto cariño me sugería que estudiara derecho, para heredarme su biblioteca e irme enseñando el oficio. Mi mami, abogada también, en cambio, decía que no me recomendaba tanto la profesión, que para las mujeres era muy dura, difícil. Y es cierto, el derecho es un campo masculino todavía y está como rodeado de unas formalidades atadas a la concepción rígida del cumplimiento de la ley, aun con sacrificio de la justicia. El prestigio y el éxito profesional, por ejemplo, se asocian mucho con ser hombre y ser adulto o viejo -aunque cada vez se valoran menos las canas- y con usar terno y corbata. Tantas veces cuando ejercí fui a la corte y me preguntaban "qué quiere niñita" y entraba un enternado -a veces solo estudiante- y a él le decían "en qué le podemos servir doctor".
Yo estudié derecho porque me atraían las humanidades: artes, historia, literatura, filosofía; pero en ese entonces pensaba que no tenían un campo laboral específico. Admiro mucho a la gente que se arriesga a estudiar lo que le apasiona realmente, con la conciencia de que no es fácil abrirse campo, en un país como este, en las áreas sociales y en las artes. Entonces decidí estudiar derecho, también porque me pareció (y me sigue pareciendo) la ¿ciencia? social con mayor aplicación práctica. O sea, de adolescente, con todo el fervor de querer cambiar algo del mundo, me dí cuenta de que el derecho daba herramientas para cambiar situa
ciones concretas y situaciones generales, a través de sentencias y de leyes, y suponía, entonces, una forma de ayuda concreta a la gente y ahí me metí.
Por el momento no estoy tan vinculada con el ejercicio de la profesión, creo que estoy en otra etapa, puedo volver en cualquier momento. Pero siempre he pensado que aunque hay muchas formas de mirar al derecho y de trabajar desde él, lxs abogadxs por excelencia, son aquellxs que se juegan todos los días en el ejercicio profesional, quienes hacen filas, presentan escritos, defienden causas y sudan -literalmente- para ganarse cada centavo, gastando la suela o el taco de sus zapatos, en la gestión de trámites interminables, para llevarse una funda de pan y de leche a la casa y vivir del día, persiguiendo la justicia y la reivindicación de los derechos de sus clientes.
El nuestro es un gremio satanizado, no sin razón. Comparto la indignación colectiva y la sospecha generalizada de lxs abogadxs como profesionales que complican la vida, en lugar de arreglarla, porque pasan cosas. En eso estoy de acuerdo, pero también conozco abogadxs que con honestidad han ido forjando su carrera en la perseverancia, la incorruptibilidad, la vocación de servicio y la persecución, más allá de una sentencia a favor en un caso concreto, de ideales más nobles y altos, ahí donde está la justicia en la que creemos en este mundo terrenal, si es que existe.
Aunque me vaya alejando un poco del campo del derecho y lo vea desde otros lados, tengo siempre el orgullo de ser abogada, de tener una especie de armadura por la cual sé que no me pueden engañar tan fácilmente, de conocer mis derechos, de creer que los derechos humanos no se negocian ni se renuncian: se ejercen, se reivindican, se reconocen, se cumplen, se garantizan.
El día de hoy hago un brindis por todxs mis colegas, en sus diversísimas formas: quienes tienen el consultorio a la calle -que aún utilizan máquina de escribir para hacer sus alegatos-; quienes recogen sus propias boletas de la corte y ejercen múltiples funciones en la soledad de la crisis económica; lxs de chulla juicio y de chulla terno; quienes comparten oficinas y sueños y casos y gastos y peleas; quienes quieren estudiar al derecho desde afuera para criticarlo y ponerlo en crisis; quienes se quedaron en la burocracia o en aburridas carreras judiciales; las mujeres que se dedican a causas sensibles e incobrables como juicios de alimentos y de paternidad; lxs que se dedicaron a los derechos humanos y a la defensa de causas difusas, ambientales y de grupos poblacionales desaventajados; aquellxs que se dedicaron a la política -aunque me gustan(o) menos-; hasta quienes son parte del bufete jurídico de papi o mami.
Admiro sobre todo a quienes forjan su carrera desde abajo, con espera, deudas y sudor (sin poder dormir por la fatalidad de plazos términos, y por la amenaza de los efectos de la preclusión).
A veces no entiendo qué mismo me llevó a estudiar derecho y siempre que aparece un test vocacional por ahí, el resultado es el mismo. Es coincidencia, o destino, pero nací para ser abogada.Y el día en que descubrí que el derecho puede ser un mecanismo de liberación, no solo de opresión, y que desde el feminismo se puede criticar para denunciar las desigualdades e injusticias que consagra y revertirlas, tomó un significado nuevo para mí.
Por eso quiero desear un feliz día del abogado/a. Sobre todo a mi mamá y a mi papá, que representan para mí dos ejemplos de ejercicio digno, sensible y honesto de la profesión, que es el legado mayor que puedo tener en la vida.

Publicado originalmente un 20 de febrero de 2016, en mi muro de Facebook. 

martes, 28 de enero de 2020

Tres momentos indispensables.


17 de noviembre de 2015

Hace tiempo no había visto una imagen tan común en los años noventa. El peluche con aires de refinamiento que imperturbable mira pasar la vida desde el interior de un carro. Los peluches siempre me han parecido especiales, pues en su suavidad y blancura de a veces y en la altivez de sus peinados y de sus lazos que imitan cintas de seda, tienen vidas cortas en términos de plenitud estética. 

No han faltado por este motivo, quienes les envuelven en fundas plásticas, en el afán de eternizar la estampa gloriosa del muñecx de felpa. En efecto, ¿quién en su niñez no fue privadx de un peluche, ya sea temporal o definitivamente, por el miedo a que pierda su esponjosa textura o su inmaculado color?
No sabemos si nos mira o se deja mirar. Esta exhibición no lo sería enteramente si no tuviéramos la sospecha de que él o ella también tiene algo que decir, desde la posición de remanso en su lujoso lecho de alfombra. ¿Qué objetivo puede tener que un peluche esté dentro del carro? No cumple con el papel del móvil debajo del espejo -cuya utilidad tampoco acabo de entender, salvo en la medida en que puede distinguir un carro de otros, o quizás expresar significados sentimentales, como el del CD que pende del hilo, cuando no es un zapatito de bebé o una estampita de la Churona-.

Con el peluche, hay dos posibilidades: la una, que se trate de un recuerdo o de un adorno, para contemplarlo desde fuera. La otra, que se haya provisto imaginariamente, de individualidad y sentimientos y que esté situado estratégicamente para contemplar el mundo desde un encierro de burbuja. 

No sabría decidirme definitivamente por alguna de las hipótesis. A lo mejor hay otra posibilidad, que es una necesidad inconsciente de una compañía de un animalito de verdad, que tanto puede alegrar o caotizar los viajes cotidianos o aquellos que presagian aventura. 

En todo caso, la invidualización estética de pertenencias con objetos de fantasía me parece algo tan sublime como encontrar este peluche de repente, en medio del cemento y de carros que nada de emociones transmiten. 

Que viva este peluche y los otros, incluso aquellos que desde el cautiverio de las fundas que supuestamente les protegen, conservan su facha de salón del juguete para alguna velada que nunca acabará de llegar.



26 de febrero de 2016

El período de gloria de la base o permanente, coincide con la preferencia de ciertas personas por tener un perrito "french poodle".
En los 80 y 90 cuando estos perritxs estuvieron de moda, merecían peinados semejantes a copos de nieve ubicados estratégicamente, adornados con cintas. Acompañaban a las señoras como copilotos de sus viajes y su presencia era festejada socialmente, como sinónimo de elegancia, sofisticación y talvez un signo muy explícito -redundante- de reciente abundancia económica.
Ahora, se ve fácilmente estos perritxs sin peinados y sin cintas, ladrando al mundo desde un encierro de balcón, e incluso, en abandono. Pasaron de moda... La ingratitud humana llega hasta esos límites, de despojar de su trono de ovejas perrunas a estas criaturas de blanco inmaculado, de cuerpo formado por mucho juntar flores de algodón.
Es uno de los resplandores perdidos que más me duele, el de estos perritxs. Propongo un brindis en su honor.



28 de enero de 2020
 
Hoy caminaba hacia la parada del bus y la vida me regaló una estampa hermosa. Desde hace varios años estoy obsesionada con dos imágenes: la de los perritos french poodles que, más allá de los años noventa, continúan siendo tratados con bien por sus amas y no han sido abandonados a su suerte, como, en términos jurídicos, animalitos mostrencos y los peluches exhibidos dentro de los automóviles para quienes he imaginado historias sobre su estancia protegida pero visible a un público de paseantes siempre indefinido e incierto. 

Hoy paramaba y me encontré con esta perrita como un peluche vivo, convenientemente acicalada dentro de un coche, con la misma soledad de un peluche cuyo único objetivo es decorar el auto en el que descansa, con sus lacitos rosados y su peinado típico de los años noventa. Se dejó fotografiar, sentada en el puesto del piloto, con una serenidad y una sensación de ser vista que le lucían en el semblante de ojos acuosos y penetrantes.

Mi obsesión con los french poodles viene de ese anclaje afectivo y emocional a los años noventa y de la imposibilidad de entender cómo estos perritos pasaron de moda y de cómo sigue habiendo personas, que, a pesar de eso, les mantienen como si el tiempo nunca hubiera pasado. Mi obsesión con los peluches dentro de fundas, vitrinas o carros tiene que ver con la sensación de lo precioso para ser visto pero finalmente, inalcanzable. Del miedo a vivir y de la seguridad de la protección de la transparencia. Y de cómo la lluvia a veces puede, como decía Gómez Jattin, lavar el alma.


lunes, 30 de diciembre de 2019

Acerca de una tormenta de bullying

 Post de Facebook publicado en la cuenta de Pepita Machado, el 4 de diciembre de 2019.



“Esos gringos que están blanqueando las paredes en Cuenca, no conformes con haber neocolonizado y gentrificado parte de la ciudad quieren enrostrarnos lo que seguramente ven como barbarie. Pues por mí que sigan haciéndolo gratis, aunque me caiga mal. Igual lo volveremos a ensuciar”.

Pepita Machado, publicado en Twitter el 3 de diciembre de 2019


Escribí este tuit impopular y he sufrido una ola de insultos, más que aquellos que recibí cuando peleé con la Mofle. Que no tengo cerebro, que mi mamá debió haberme abortado, que cómo pude haber sido el espermatozoide más listo, que fumo crack, que soy una acomplejada, resentida social, que cómo puede escribir alguien esto, si parecía inteligente, que soy una atrasapueblos mal agradecida, feminazi, vándala, dañina, desaseada, fea, entre otras cosas. La verdad he tenido cuestiones vitales mucho más importantes que atender hoy y me reduje en el día a hacer scroll para ver que la avalancha de insultos no terminaba y no termina. 

Desde el otro día me debo a mí misma un post explicando por qué me molesta tanto esta tendencia de los “guardianes del patrimonio” a evadir los profundos problemas sociales y la desigualdad, la violencia de estado y el derecho a la resistencia, con la división entre buenos y malos ciudadanos. Los buenos, aquellos que cuando los vándalos ensucian, limpian. Los que aman a la ciudad, los que quieren verla bonita, los que acogen al extranjero y tienen espíritu cívico. 

Del otro lado están, por supuesto, con la etiqueta de “vándalos” los jóvenes marginalizados que utilizan el grafiti para expresarse. El grafiti es, por definición, ilegal. Los intentos de encauzarlo, borrarlo, desaparecerlo, solo lo empeoran. Quienes creen que con una minga de blanqueamiento contribuyen a la ciudad, aunque tengan las mejores intenciones, deben comprender que el amor a la ciudad va mucho más allá de querer verla “bonita”. Y la ciudad es parte de un país y está afectada por unas políticas de estado. No es una burbuja que se pueda aislar del latido de la conmoción generalizada.

En el Paro de octubre, por ejemplo, el alcalde en lugar de dirigir políticamente la crisis usó él mismo una escoba para limpiar y ponerse del lado de los buenos. Las feministas que grafitean contra el patriarcado son abyectas. No lo es la violencia. Yo misma sería incapaz de “vandalizar” la ciudad. No me da la valentía para eso. Pero tampoco soy tan corta de miras como para hacer un análisis “estético” que obvie el aspecto ético detrás de los ataques a la ciudad y de la facilidad que tienen sus habitantes más privilegiados para ocultar el vandalismo organizado, de estado, tapar el sol con un dedo, ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, en sus cristianos términos. 

Yo sé que nada tengo que aclarar. Quienes me conocen saben que a ratos tengo menos filtro para escribir pero si doy una opinión lo hago con argumentos. Acá es un espacio más amable y quienes están entre mis contactos son mis amigos o me conocen. Pero sí debo decir que amo la ciudad como nadie, amo el patrimonio. No es mi especialidad el mundo de la cultura pero entiendo que el patrimonio es vivo e inescindible de las vidas que le dan sentido. Que además hay un fenómeno no sé si global pero sí latinoamericano, en que el descontento con la política, la economía y la desigualdad social se han podido expresar en las calles y que los actos leídos como vandálicos del movimiento feminista y de las resistencias populares e indígenas –que habrá algunos orquestados por la misma policía para boicotear la lucha, también puede ser- crean más rechazo que la desigualdad, la injusticia y la violencia.

En México las mujeres mancharon los monumentos emblemáticos porque saben que con un adecuado procedimiento vuelven a la normalidad, pero que las muertas no regresan. Pidieron que no se restauren hasta erradicar la violencia. Las autoridades prefirieron “limpiar” sin técnica restaurativa en perjuicio de los propios monumentos para acallar las voces indignadas. En Chile los pacos se creen con permiso para matar para mantener el orden. Cientos de globos oculares perdidos y un poco de gente blanqueando las paredes para salvar a la ciudad. Las prioridades de la derecha conservadora están claras. Hay que esconder la basura bajo la alfombra porque el turismo, porque el ornato, porque los buenos somos más.

No tengo nada personal contra los extranjeros norteamericanos que han sido, creo yo, bien acogidos en nuestra ciudad. De hecho siempre he creído que la especulación con los precios de salud y vivienda que se han disparado tiene más que ver con la falta de escrúpulos de los cuencanos y cuencanas y su aprovechamiento de la percibida economía fuerte de estas personas en desmedro de la realidad del costo de vida local. Pero no es menos cierto que quienes dicen “fuera venezolanos” son los mismos que me piden agradecer al gringo que pinta la pared.

Es ese coloniaje del pensamiento que no superamos, pero es un problema más nuestro que el de ellos. En cuanto a ellos, en ese gesto de pintar quizás hay todo de bondad y altruismo, quizás una comprensión nula o reducida del contexto político y mucho tiempo libre. Pero también es cierto que puede existir una necesidad de blanquear, enrostrar la barbarie y mostrarnos la civilidad de la que carecemos como pueblo, a su juicio. Lo chistoso es que si se van a cualquier ciudad del mundo, sobre todo si es grande –Berlín, Nueva York, París- van a encontrar arte mural y bastante grafiti "vandálico". Solo que allá, como dice un amigo, se tomarán la selfie con el street art y acá agarrarán sus cubetas para pintar las paredes y ocultar los mensajes de hartazgo de los jóvenes. Vándalos. 

Por otra parte, hoy bajé la Benigno Malo. Llegando al Centenario vi las maravillosas “intervenciones” de los extranjeros. Me parece una falta de respeto total. No cuida la cromática ni la técnica de un trabajo de esa naturaleza. Es literalmente, esconder la basura ¿de quiénes? Me recuerda a una anécdota de mi papá que trabajaba en una casona vieja del centro, contaba que un amigo de su trabajo se reía cada vez que la pintaban las paredes porque veía a las cucarachas y moscos con las pestañas doradas. Más o menos así son estas manos de gato, llenas de buenas intenciones pero bastante pobres. Si ustedes tienen una propiedad en el centro histórico, vayan a ver si el mismo Municipio les da fácilmente permiso si la quieren pintar. Hay unas exigencias bien estrictas y unas paletas de colores para respetar el tramo y los valores ambiental o patrimonial de cada inmueble. Yo misma he participado en infinidad de mingas de siembra de plantas, limpieza de orillas de ríos y cuando fui scout, de adecentamiento de la ciudad. Lo hacíamos, por supuesto, con un sentido solidario. En ese momento en que yo desconocía la política y creía más en las acciones horizontales. 

Si me preguntan yo celebro las iniciativas ciudadanas siempre que sean respetuosas y entiendan el contexto. Yo les pediría a los extranjeros que vayan al Arenal alto, a la Jaime Roldós o algún sector deprimido de la ciudad que de veras necesite una mano amiga, ahí donde la política no llega.
En fin. Hoy bajaba la Benigno Malo y cuando llegué a las gradas del Centenario tuve mi momento Joker. Me sentí como en la película. Me deprimió pensar en el momento escandaloso que vivimos en el mundo. En este estadío infame del capitalismo que ha logrado hartarnos, comprometer la inversión social de los estados y reemplazar la política por las acciones individuales que privatizan el bienestar en desmedro de grandes mayorías despojadas de todo. Eres pobre porque quieres. Vas a ser un emprendedor. Limpiemos la ciudad de vándalos. Los buenos somos más. Si te quedas desempleado, es tu culpa por reclamar. No tenemos para pagar tu salud mental. Si vandalizas vas preso. Atrasapueblos. 

Pero del otro lado, siempre se tejen resistencias. Afortunadamente sí.